Sin pesadilla

sin pesadilla

 

 

Un artículo de Mariano Alameda

 

Imaginad dormir y soñar sobre un tiempo y un lugar en el que los pueblos eligieran, libres, informados, entre todos, a quienes los van a representar y a quienes se encargaran de protegerlos, cuidarlos, respetarlos, darles libertad y orden y trabajar para ellos, por su bien.

Imaginad que esos que fueran elegidos, lo fueran por sabios, y por bondadosos, por creativos, y por brillantes. Imaginad que todos ellos hablaran desde su corazón, y que ninguno se planteara no comunicar otra cosa que su verdad más hermosa . Imaginad que los políticos se sentaran a compartir sus mejores ideas, estando abiertos a escuchar las certezas de los otros, y a valorarlas, porque se da por hecho que el objetivo es el bien común. Y que la organización común se encargara de ofrecer oportunidades, de ofrecer cuidados a quien los necesitara, de ofrecer enseñanzas para que cada cual eligiera como ser y qué ser. Imaginad que su objetivo fuera fomentar las posibilidades  de la gente para que pudiera desarrollarse y evolucionar en armonía, para que cada uno de los seres humanos tuviera las oportunidades de aprender lo que más le gustara. Imaginad que las habilidades de cada uno, aquello para lo que hemos sido creados, fuera aquello a lo que más tiempo podemos dedicarnos. Imaginad que por el desarrollo de esa habilidad se nos proporcionara todo lo demás que necesitáramos y que todos los seres partieran de una igualdad de oportunidades que no tuvieran que ver con la cuna, o con la geografía, o con la raza.

Imaginad que la cooperación, el bien común, fuera el mayor valor, y que nadie se planteara no estar disponible para ayudar a quien lo pudiera necesitar, siendo todos nosotros una gran manada de mamíferos humanos lúcidos que adoran y cuidan y valoran y agradecen a su especie, a su vida, a su planeta, la oportunidad que se les ha dado en conjunto de bailar viviendo y girando alrededor de su estrella.

Imaginad un mundo en el que todos conocieran que las religiones y las técnicas de desarrollo, ya depuradas por el paso de las generaciones,  ya fundidas,  son maneras prácticas de señalar y de alcanzar, reconociendo, el mismo lugar, la conciencia despierta, la lucidez de un estado que es amoroso y pacífico, perpetuo y cierto. Y que todos trabajáramos para que en ese lugar interno todos estén si lo quieren, porque de todos es.

Imaginad un lugar donde los padres, curados de sus angustias y culpas y conflictos, disponibles para transmitir su propia felicidad, educan a sus hijos con contento, los valoran por su esencia, los respetan en sus procesos y tendencias y los enseñan los valores a través de su propio ejemplo.

Imaginad que creciéramos siendo respetados, en un mundo de seres terráqueos donde todas las especies animales tienen derecho a ser y vivir felices en su entorno compartiendo las estaciones y los días y las noches y los mares y los cielos.

Ese lugar podría ser este. Y ese momento ahora. Lo tenemos todo para que así sea, y sin embargo… soñamos pesadillas de odio y separación.

Soñamos pesadillas de vallas que atrapan niños que huyen contra el mar para matarlos de hambre y frio mientras que, orondos  y preocupados, engordamos acariciando nuestros sofás calientes de terciopelo. Soñamos pesadillas de organizaciones codiciosas que destruyen el hábitat mientras esclavizan a millones y los conducen a alquilar su vida para comprar más y más cosas que los insatisfacen más y más. Soñamos jefes mentirosos que con sus muecas y sus máscaras destruyen la fe en la bondad mientras se pelean entre ellos por ser el mejor mayordomo de los demonios aplicando el daño. Soñamos pesadillas en el que la inquisición se le aplica a quien no está conforme con ser la mejor oveja de la manada camino al precipicio y osa a levantar su dedo. Soñamos almacenes de menores donde les amaestramos a perder su magia para focalizarlos a hacer lo que no quieren y a ser el mejor robot del circuito. Soñamos pantallas donde transmitir el odio de modo digital y de confundir a base de engaños y de ensalzamiento de las emociones más bajas. Y todo esto, mientras seguimos, como hace siglos, soñando guerras y hambres e injusticias. Sin ninguna necesidad.

Soñamos pesadillas.

Una noche desperté de un sueño atroz. Lo había intentado todo dentro del sueño para salvarme. Había atacado, huido, escondido… En cada intento notaba la imposibilidad de conseguirlo y desesperaba. Entonces, desperté. Noté la almohada y la noche y el silencio. Y noté que tenía pesadillas porque en verdad me había sentado mal la cena y mi cuerpo estaba enfermo. Y gracias a eso aprendí que dentro de la pesadilla no podía haberlo arreglado con ninguno de mis intentos porque el problema pertenecía a otro plano de la realidad. Dentro de la pesadilla no podemos arreglar la pesadilla. La causa, la cena, pertenece a otro plano.

¿Cuál es la cena que nos ha sentado mal para que soñemos pesadillas en este mundo nuestro tan hermoso y con tantas posibilidades? ¿Cuál es la causa de nuestros monstruos actuales?

El egoísmo. El que te mueve a ti y a todos.

Ah, sí, ya sé que lo sabes. El que dice que lo sabe es el ego.

El egoísmo. El “yo” y lo “mío” y sus plurales. Esas ideas locas que viven tan dentro de todos que no te puedes separar de ellas porque te poseyeron desde niño y crees que es lo normal, porque todos están poseídos como tú y entonces no se nota mientras soñamos la pesadilla común.

El ego: la ignorante frontera que crees que te separa de la realidad.

Tú no eres alguien. Si eres alguien, eres tu vida. Toda tu vida. Y todos estamos dentro de tu vida. Todos estamos dentro de ti. Todo está dentro de ti. Cuando te mueras, se acaba todo. Todo nació contigo cuando naciste. Es tan evidente que no lo vemos.

Sin el bien común, poseído por el egoísmo, seguiremos soñando pesadillas, intentando arreglarlas fuera. Mira la tele. Todo habla de esa posesión.

No se puede arreglar fuera. En vano.

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