Nosotros, los mejores.

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La identidad de grupo es lo mismo que el ego, pero en plural. Y todos sabemos de los peligros del ego. Los mismos peligros tiene el nacionalismo. No es otra cosa que egocentrismo de grupo. Hay una máxima espiritual que dice: cuanto más ego, necesariamente, más sufrimiento. También en el grupo se manifiesta esta máxima. El tener mucho ego no quiere decir solo creer que eres más que los demás, se puede tener mucho ego creyéndose que eres la más grande badofia. O creer que lo son los de enfrente. El tema no es si piensas o no que tú eres mucho, sino si piensas demasiado sobre ti. Cuanto más piensas en ti, menos pendiente estás del mundo. La felicidad está en la relación con el mundo, no en rumiar una y otra vez las ideas sobre uno mismo. Si repasamos la historia, sabremos de los peligros de la identidad de grupo, del nacionalismo, origen y consecuencia de todas las guerras.

 

El nacionalismo es la sensación de pertenencia a una tribu, con su cultura y su forma de ser. No hay gran problema en ello, pues pertenece al ámbito de lo privado, al mundo de los sentimientos y de las ideas propias. El problema viene cuando a esa identidad no le basta con ser sentida o experimentada privadamente, sino que exige ser reconocida por el otro. Al igual que de niños no sabemos qué idea tener de nosotros mismos mientras que nuestros padres, amigos y profesores no nos hagan de espejo, también la identidad de grupo necesita ser reconocida por los demás para que se confirme como algo real. Por la demanda de la identidad de ser reconocida se han montado unas cuantas guerras. Nada más que para poder poner la tela con tus colorines en el balcón o la frasecita que te reconoce en el libro gordo de la ley. O para evitar que la pongan los otros. Y esto no es lo peor, el problema es cuando la identidad grupal se define a sí misma como oposición a los otros, a lo que nosotros no queremos ser. También en la infancia encontramos este mecanismo: muchos niños estructuran su identidad en base a no ser como el padre, por ejemplo. Si el padre es sumiso y blandito, el niño quiere ser fuerte y dominante. O si la madre es despegada y lejana, la hija puede llegar a ser una madre acaparadora e invasiva. Lo contrario de una neurosis es otra neurosis. El peor nacionalismo es el que se basa en la exclusión, en no ser como ellos. Para conseguirlo se va a ejercer un intento de eliminación de la identidad del otro, ya sea a través del dominio por la fuerza (ley, castigo), a través de la crítica y el rechazo social (dense una vueltecita por twitter cuando salgan los furibundos de cada bando), o través de la imposición educativa. Hay una cuarta forma, que es a través de la seducción, el respeto y el reconocimiento de los hechos diferenciales sin dejar de reconocer los hechos integrativos y funcionales comunes. Se trataría de poner los colorines de todos en el balcón y un mimito para cada uno en el libro gordo de la ley. Ningún sistema funciona mejor  aislado que integrado. Los sistemas aislados tienden a la destrucción por entropía, por endogamia de información, refocilándose en su encapsulamiento evitativo y paranoico. Sin embargo, aún cuando el delirio narcisista de creerse que tu tribu es mejor que la tribu de enfrente, te lleve a la paranoia de creer que sin el otro estarías mejor, el aislamiento y la rumiación sin enriquecimiento mutuo suele llevar al fundamentalismo ideológico y la pobreza. Todos los malos se creen que ellos son los buenos.

 

En verdad, cuando uno pretende crearse, reconocerse o defenderse excluyendo una realidad ya existente en su vida, no hace sino adherirla a sí mismo, pero en forma de negación, y será como un parásito que le comerá la energía empleada para llegar a no ser eso que se rechaza. Creer que tu pueblo sería genial sin la integración con el del enfrente es tan vanidoso como carente de sentido compasivo y social. De la misma manera, pretender que tus partes funcionen integradas sin favorecer y reconocer los hechos diferenciales de cada órgano que te compone es perder riqueza y funcionar de manera limitada y empobrecida. El rechazo a los otros los alimenta. Sin darte cuenta, los unes a ti, con el lazo de la negación. Lo mismo pasa con las partes oscuras de tu personalidad: las rechazarás, las mandarás al inconsciente, y crearán, desde la sombra, los demonios que manejan el aciago destino. Es todo lo contrario a liberarse de ello. La vida te dará bofetones con ello una y otra vez. Por eso la historia es cíclica.

 

Un ser humano no tiene que hacer ningún esfuerzo de rechazo para no ser un jarrón. Lo que uno es no debería necesitar ser reconocido, ni definido por adherencia o repudio. Lo que uno es, lo es por evidencia propia, siempre y cuando lo seas de verdad. Un gato no necesita que un papel confirme que es un gato o que haya un símbolo gatuno en su residencia. Si hay un gran esfuerzo en querer ser o no querer ser algo, o que te sea reconocido, es que no lo eres del todo. Si rechazas esa parte,  que también es de ti, y la quieres subyugar o reprimir o hacer desaparecer, es porque la eres, o temes serla, y la temes porque la llevas en ti y no la aceptas ni la integras. No lo integrarás mientras juegues a no serlo o a perseguirlo dentro de ti o a través de la persecución de los otros.
Si te gusta pertenecer a un grupo y no al otro es porque crees que uno de ellos es mejor, y eso es narcisismo. Si te gusta rechazar al otro grupo es porque crees que el otro es peor, merece ser subyugado, y eso es racismo. Las características que le colocas al otro grupo y con las que le defines, no son del otro grupo, sino del tuyo. Eso que rechazas en ellos es tu propia sombra. Por tanto, huyes de ti. El mal del otro solo es tu propia sombra proyectada. Si ver esto te molesta, es que tu conciencia está inmadura, por mayor que seas.
Para ser libre tendrías que mirarte, aceptar e integrar todas tus partes, también las que no quieres, darles un espacio, escucharlas, valorar sus necesidades y permitirlas fusionarse con el resto, siendo cada una de ellas operativa en si misma y simultáneamente funcional con el resto. Un cuerpo es más que la suma de sus órganos. La parte es poco sin el todo. Un estado es algo más que la suma de sus partes.
Lo más curioso de todo es que el Karma juega a la paradoja de que, lo que hace el ego, o el grupo, para evitar algo, es precisamente lo que provoca,  de alguna manera, que eso suceda. Vuelve a leer esa frase, mi amigo. Del mismo modo, cuando un grupo lucha por evitar algo, suele acabar convirtiéndose o atrayendo lo que rechaza. El universo, la totalidad, siendo Uno, tolera mal la fragmentación y juega a eliminarla, obligándote en ocasiones al discernimiento por sufrimiento. La supuesta superioridad tribal crea un concepto de si mismo inflado, que para mantenerse, tiene que culpar al otro para poder creerse genial. La paradoja es que la imaginación de un grupo de creerse oprimido y maltratado (si no lo está) puede provocar reacciones en los otros que acaben por darle la razón. Muchas veces, intentando que algo imaginario no pase, lo provocamos. El narcisismo de grupo tiene muy mala caída. La paranoia de grupo tiende a crear al enemigo. Y ahí comienzan las batallas y las guerras. Es la historia humana, de su falta de conciencia, de su exceso de testosterona con carencia de corazón y neuronas. Restos de las cavernas, que de vez en cuando resurgen como los espectros del pasado. No nos odiamos entre nosotros, pues en verdad no nos conocemos entre nosotros, son los odios no curados de los antepasados que emergen para ser sanados, pero duelen.

 

En verdad la libertad no tiene que ver con la identidad imaginaria, sino con la real. Y la real es idéntica a la totalidad de la realidad.

 

Nos da miedo la libertad de ser nosotros sin definición grupal previa. La libertad total surge de la no identificación con ninguna de las ideas ni de las partes de nuestra experiencia. Del mismo modo, la libertad surge también del no rechazo a cualquiera de los otros con quienes compartimos mundo. Sin embargo, la libertad personal nos da miedo, porque implica una responsabilidad propia que no se puede desarrollar en esta sociedad adolescente, demandante y perdida. Para evitar el miedo a la libertad tenemos varios mecanismos: unos optan por asociarse con el verdugo, hacerse autoritarios, ponerse farrucos, para tener la sensación de poder personal por pertenencia. En su grado máximo eso es fascismo. Otra manera es la victimización permanente, el pasarse el tiempo pinchando al poderoso al que no se le puede ganar de frente, como el hermano menor que le toca las narices al mayor para ver si éste se cabrea, le mete una galleta, el papá castiga al mayor por abusón a y así el pequeño victimizándose gana algo de espacio. Otro mecanismo es el conformismo autómata, reprimiendo los sentimientos durante años en el inconsciente y pasándole el marrón a la siguiente generación a ver si ellos, con su energía juvenil, tienen el arrojo de ponerse delante del enemigo y jugarse la cara a tortas. Bonito escaqueo.

 

Quizá sería mejor que nuestro nivel de conciencia aumentara y darse cuenta de que la identidad es como las piezas del tetris: cuando cuadran dentro de ti mismo, desaparecen. Pero nos da miedo no tener una determinada manera de ser, una pertenencia, una tierra, un nombre, unas propiedades, unas afiliaciones y una ideología. No creemos que seríamos capaces. No tenerlas nos hace creer que no somos, y eso da miedo, y nos giramos hacia el grupo y nos inyectamos sus neurosis. Y somos capaces de aceptar autoritarismos abusivos y radicales solo por la seguridad que aporta afiliarse al fuerte. O su opuesto, nadar a contracorriente por el placer narcisista que proporciona la idea del propio heroísmo, o el consuelo mezquino de la victimización, que mantiene la idea inflada de si mismo de creer en lo buenos que nosotros seríamos si ellos no nos lo impidiesen. Todo ello para evitar la responsabilidad de tener que saber por nosotros mismos quién somos o quiénes somos y qué queremos hacer con nuestra vida. Todo ello para evitar la responsabilidad y el vértigo a la libertad interna real, al propio criterio valorativo con respecto al presente, a la propia capacidad adecuativa de ser nosotros mismos mientras bailamos una música no exclusiva para nosotros. Preferimos adherirnos al concepto de mi tribu, a sus valores y a sus enemigos, para así tener la ilusión de la seguridad que da la pertenencia y la imaginación de un destino ideal común. Pero todo ello es fútil, pues el destino común está regido desde el poder político y económico, y juega a sus propios deseos de permanencia e ideología, y diseña destinos de alienación. Y es así en todas las tribus. Casi nunca gobiernan los sabios, gobiernan los listos.

 

La seguridad de afiliarse al nacionalismo paga el precio de la libertad personal, del propio camino al que se renuncia para pertenecer al grupo y ser considerado miembro de él. Al final es ser siempre un niño perdido. O al menos, un adolescente en búsqueda, cuando uno buscaba una identidad y ser un verso libre era el horror y la pertenencia nos obligaba a cualquier cosa con tal de sentirme parte de un nosotros, los guays.

 

El rechazo al de enfrente paga el precio del desamor que estás obligándote tú a sentir dentro y la vigilancia extrema agotadora, para no permitirse dentro de uno aspectos del otro rechazado, aspectos que en el fondo, son tuyos. Pretendemos aislarnos para liberarnos de lo que rechazamos, pero en verdad, nos encerramos con ello. Los monstruos no se vencen, se transforman. Aislarse y rechazar es huir. Someter no es eliminar, es aplazar. Todo eso es negarse y morirse un poco.
Buscar la identidad en la negación del otro es el mismo mecanismo que de niño tomabas al obedecer o no a tu padre. Tu aparente libertad era definida por su norma. Él te hacía y te definía, por amaestramiento o por rechazo. Madurar implica llegar a tener la libertad de ser, reconociéndote a ti mismo en tu multiplicidad, en tu heterogeneidad, en tu infinitud, no por rechazos ni por afiliaciones, sino en cada momento por lo que suceda en el presente, sin juicio, ni aversión, ni modelo previo.

 

Eso implica una gran responsabilidad y una infinita confianza en la naturaleza de la realidad, impropia de una sociedad adolescente, como la nacionalista. Como la nacionalista de cualquier lado, por supuesto. Cosas de niños. Y a los niños, hay que entenderlos compasivamente y quererlos, para que algún día, crezcan y maduren. Que falta nos hace.

 

 

Mariano Alameda

Oct´2017

3 Comments

  • Responder octubre 18, 2017

    Manel M. Lora

    ¿Qué te pasa con el ego Mariano? Si el universo no acepta la fragmentación, si los monstruos se transforman ¿no será peligrosa esta cosa de señalar al ego como algo nocivo, que eliminar? Sí sí, hablo del mismo ego que tú. A mi me gusta mi ego, tiene cosas muy útiles (otras para matarme). Ya lo negue, lo hinché y lo negue de nuevo, lo disfracé. Y nada. Se le puede educar, pulir, reorientar. Separarlo y negarlo es como echar cada día de clase al más gamberro. Mañana volverá y más cabrón.
    Bueno, por lo demas, me parece certero. Espero que todo bien. Sigo vuestro trabajo.

    Salud y conciencia

  • Responder octubre 20, 2017

    juca

    Me gustó, muchas gracias.
    Juca

  • Responder octubre 24, 2017

    Merisa

    Magistral Mariano otra vez….todo un tratado de Psicoespiritualidad Social.
    Para cuando un vídeo o una conferencia en youtube acerca del tema??? Gracias por compartir tanto conocimiento

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