Lo que somos y seremos

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Por el mero hecho de nacer como humanos, nacemos con unas posibilidades potenciales inmensas, unos desafíos inevitables, unos procesos obligatorios y unos senderos marcados previamente por los millones de seres humanos que nos precedieron. Dicen los chamanes que vivimos como nuestros abuelos ancestrales se soñaron a sí mismos. No es un sueño voluntario, pero es a lo que más se parece esta creación que es la vida, a la vez propia y a la vez externa. Nuestro linaje ancestral, que se pierde en la oscuridad del tiempo, estuvo lleno de las experiencias del vivir como humano, como surcos en un disco por el que nuestra música va ahora sonando a medida que transcurre la vida.

Nuestros ancestrales abuelos y abuelas, que fueron niños como nosotros lo hemos sido, experimentaron los miedos y los amores de la vida humana que nosotros estamos experimentando. Sus dudas, sus fascinaciones, sus temores, sus esperanzas, sus dolores, sus placeres, sus formas de pensar, de sentir, de soñar, de actuar, están grabadas en las profundidades de nuestra psique. Todos, en el fondo, vivimos la misma experiencia de nacer como humanos en el planeta tierra.

Como si de miriadas de astros se tratase, todas esas pequeñas luces, esas experiencias innatas a nuestra humanidad se han ido agrupando, a través del tiempo común, como galaxias, en el fondo del submundo mental de cada uno de nosotros, en los reinos sutiles de nuestra intimidad inaccesible. Son las formas del Ser, las vasijas que nos dan forma,  los modelos prenatales sobre los que imprimimos nuestra vida, los formatos de lo posible al ser un hombre o una mujer.

A esas agrupaciones de cuestiones humanas, de modos de verse, de sentirse y de hacer, que vemos en todos y experimentamos todos, los dieron en llamar de mil maneras: han sido los dioses, los arquetipos, las tipologías, los mitos. Las formas de explicarnos lo que es vivir, siempre inabarcables, siempre misteriosos, pero siempre reconocibles. Somos nosotros.

Esos modos de vernos en el espejo de lo compartido, de lo común, de lo global y universal, están ahí como guía para entendernos a nosotros mismos y al mundo, para comprender por qué vemos lo que vemos y sentimos lo que sentimos, para señalarnos el camino de lo venidero y dar significado a lo ya acontecido.

El Ser es previo a sus formas, porque las contiene, pero se transfigura en sus módelos, que son sus formas de expresarse en tanto que humano. En todo niño existe la potencialidad de todo lo humano. Nada de lo posible nos es ajeno cuando estamos recién llegados. Es la situación político-social, los modelos educativos, la ideología religiosa imperante y, sobre todo, el ejemplo de vida de los padres y el tipo de relación paterno-filial que los niños absorban, lo que va a permitir o no, lo que va a reprimir o no, lo que va a potenciar o no, que las cualidades universales de cada hombre y de cada mujer que están latentes en la infancia se desarrollen en todo su esplendor o en toda su miseria.

No hay humano que no haya de pasar por la fusión con lo materno y por el desgarro y crecimiento que produce su pérdida. Todos descubriremos el mundo con la mirada fascinada del niño eterno y se forjarán nuestras identidades con los espejos y los condicionantes de nuestros mayores, con sus miedos y sus manías, con sus placeres y sus disfrutes. Todos habremos de renunciar a lo imposible y ceder frente a los desafíos inabarcables. A todos nos esperan la enfermedad, el dolor, la vejez y la muerte, pero todos tendremos primaveras y lluvias frescas y mares y sol y abrazos y risas. Si hay cualidades de lo humano que no queremos experimentar de ningún modo, nos perseguirán hasta que nos alcancen agotados, porque en este periplo terráqueo, todos lo vivimos todo. Si hay imperiosas necesidades que anhelamos compulsivas, tendremos que descubrir la carencia que está escondida en su reverso para llegar a completarnos. Todo lo humano en este viaje, todo esperándonos en la siguiente estación.

Todas las experiencias están regidas por los arquetipos de lo humano: lo femenino y lo masculino, lo infantil y lo maduro, lo personal y lo grupal, el poder y la rendición, lo expresado y lo callado, lo comprensible y lo misterioso, lo hermoso y lo monstruoso, lo inocente y lo perverso, lo delicado y lo brutal, lo angélico y lo diabólico. Nada de lo humano nos es ajeno en potencia.

Si no nos llevamos bien con lo que somos en tanto que humanos, con lo que significa haber nacido hombre o mujer en el planeta azul de naturaleza radiante, con nuestras potencias y nuestras limitaciones, si no comprendemos lo que podemos llegar a experimentar y lo que no podremos evitar experimentar, siempre funcionaremos como seres disminuidos, como pájaros sin vuelos, como flores sin brotar, asustados, reprimidos, convencidos, resignados, engañados. Si no hemos levantado el vuelo y hemos comprendido, al menos en esbozo, lo que es posible y lo que es inevitable, estaremos siempre huérfanos de nosotros mismos.

Nosotros somos mucho más que nuestro nombre, cuerpo, posesiones y memorias. Nosotros somos todo lo posible de lo humano. Y más aún. Más allá de las formas del Ser, están los misterios de la esencia de la consciencia. Y sin embargo, dormimos. Y sin embargo, nos arrastramos. Vivimos menospreciados por nosotros mismos porque no somos capaces de levantar la vista y volar con los dioses y sumergirnos a nadar con los demonios de nuestros cielos e infiernos personales y colectivos, individuales y universales.

Nosotros somos los dioses y los diablos, los mitos y los simbolos, lo externo y lo interno. Todo el mundo externo es una extensión de lo interno inaccesible, todo eso que proyectamos en nuestros cielos, en nuestras tierras, en nuestras gentes y en nuestras cuevas ocultas. No se nos puede olvidar que sus experiencias, las de los arquetipos, son en verdad, las historias de nuestra propia vida. De la de todos.

Resignarse a  no vivirse en su potencialidad es suicidarse un poco todos los días.

La mayor felicidad es ser lo que Uno Es.

 

Por Mariano Alameda

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