La linde y las personas del verbo

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Yo, tú, el, nosotros, vosotros y ellos. Mío, tuyo, suyo… La culpa de todo la tienen los pronombres y las vallas.

Nos convencieron hace tiempo de que el ser humano es un animal competitivo, individualista, que lucha por la supremacía. Así justificamos el crear sin darnos cuenta una entidad ficticia e imaginaria a la que idolatrar y odiar a la que llamamos “yo” a la que llamamos “nosotros”, que no tiene fundamento real porque es un fantasma psíquico y que en cuanto se la explora con lucidez se revela como ilusoria, pero ay de nosotros que gastamos la vida que somos intentando defender a eso que no existe olvidando que el ser no requiere de fronteras, ni límites, ni vallas.

Eh, cuando hablamos de que el ego individual o grupal es ficticio y que el objetivo es eliminarlo, nos da la sensación de que vamos a perder algo. Pero no es cierto. No se pierde nada, se gana todo, todo lo que nunca has, hemos, dejado de ser. Pero me temo que somos libres que fabricar nuestro infierno personal y poner la valla y matarnos por las lindes y crearnos enemigos y hacer el cafre.

La idea de uno mismo, el ego, el “yo” personal, el “nosotros” en su expresión plural, separado y enfrentado al mundo y a los otros, nos genera, sin darnos cuenta, una angustia crónica de claustrofobia –estamos encerrados dentro de nosotros mismos-, un miedo continuo e inconsciente a la muerte de esa entidad individual o grupal que creemos ser -que por imaginaria está destinada a la disolución-. Nos provoca una ansiedad a la pérdida de los atributos arbitrarios que le hemos asignado a esa entidad –que se basan en las carencias-. Genera  una consideración, un miedo del otro como  una amenaza de que me quite lo “mío”, lo “nuestro” o como alguien al que hay que extraerle algo para poder rellenar el vacío intrínseco de mi mismo; un pánico al cambio continuo y a la impermanencia inevitable que amenaza mi continuidad, un miedo a no ser suficiente, a ser esclavos de la inferioridad generada por la comparación perpetua y a culparle por ello, una búsqueda de una idealización personal que no es alcanzable por estar sostenida y ser simétrica a las carencias internas, una frustración reiterada cada vez que nos damos cuenta de que los objetivos alcanzados no nos proporcionan la dicha esperada y así podríamos seguir con el listado de locuras que asumimos con la más absoluta normalidad y en cuya danza macabra bailan las naciones desquiciadas, adorando sin darse cuenta al diablo que con una sonrisa de joker toca la música del infierno terrenal mientras que todos hipnotizados por la estupidez nos abofeteamos entre nosotros y a nosotros.

Ese es el problema del “yo”, de la primera persona y del plural “nosotros”, que genera el enemigo: el “ellos”. La única diferencia entre el “yo” y el “nosotros” es la distancia a la que ponemos la valla separadora y a quién metemos dentro de la valla y a quién ponemos fuera. Y eso es imaginario. Nos matamos unos a otros desde hace milenios defendiendo la absurda valla inexistente generada por el miedo y el desamor. Consideramos a los que están fuera de la valla como distintos, como opuestos, como enemigos, como amenaza, y les proyectamos nuestras miserias interiores para no tener que mirarnos en el espejo que nos revela la podredumbre de nuestras ideas narcisistas. “Nosotros somos más”, “los otros amenazan nuestra identidad”, “no nos dejan ser como queremos”, “viene a quitarnos las propiedades”…  Y así el mundo se llena de banderas, de concertinas con pinchos, de tanques, de ataques, de desprecios, de injusticias, de agresividad provocada por el miedo, de paranoia.

No nos damos cuenta de que toda identidad, toda identificación con un “yo” o con un “nosotros” no es más que una idea loca de separación, literalmente una patología normalizada,  un narcisismo paranoico que nos enloquece hasta el punto de matarnos organizadamente.  Vano intento de separarnos del “otro”. El otro vive dentro de tu miedo. Es inseparable de ti. El otro es una idea ilusoria provocada por la ignorancia de tu propia mente pretendiendo ser más y perdurar, pero lo hace definiéndose y limitándose. Y así construyes el zulo individual o grupal en el que vivir la masturbación insatisfactoria y cobarde de tu síndrome de Estocolmo egocéntrico.

No se puede estar separado de lo que eres. Y eso incluye todo. La realidad es una. Tu vida es una experiencia completa, interrelacionada, simultánea y sin fronteras. Tu eres la Realidad, no una parte si y otra no.

Lo que odias del otro es tu propia represión dada la vuelta. Crees que estás forzado a ser malo porque el otro es malo, sin darte cuenta de que esa atribución se la has fabricado con tu propio mal. Lo que envidias del otro y quieres destruir no es más que el espejo que refleja tu aparente inferioridad y que no quieres sentir. Eliges para dentro de tu valla aquellos a los que les proyectas tus valores internos o te adhieres a ellos pensando que así podrán ser tuyos y por fin te sentirás seguro de ese miedo que tu solo te has provocado con la creación de la valla. Eliges a tus “iguales” que metes dentro de tu valla porque te crees que te completan, porque te hacen sentir aparentemente fuerte y acompañado. Colocas dentro de la valla al que crees que tiene las características que son el antídoto a tus dolores internos, a quien admiras sin darte cuenta de que eso que admiras ya es tuyo, porque los atributos pertenecen al ojo del observador y no al objeto. Castigas al otro de tus propios pecados, porque se atreven a hacer, a decir, a tener, a sentir o a ser lo que tú no te atreves a ser, y no soportas ver en otros lo que no te atreves a merecer en ti mismo y los pones fuera de la valla para poder considerarlos enemigos. Crees que castigando al otro serás libre de alcanzar eso que ya tienes, que con la huida y el ataque brillará tu excepcional talento que tú mismo limitas creyendo te limitan para así no darte cuenta de a lo mejor no eres más brillante que el otro, sino solo igual. Deseas que el grupo de dentro de tu valla te aporte lo que tú mismo en tu interior no eres capaz de obtener o encontrar y crees que por la pertenencia al clan te será otorgado. Intentas hacer a los de dentro de la valla lo que en realidad necesitas para ti pero ya perdiste la esperanza de obtener y solo te consuelas con la falsa caricia de la sustitución. Incluso llegamos a transformamos, a imitar, a convertirnos en el verdugo porque nos da demasiado miedo ser la víctima y colocamos al monstruo dentro de nuestra valla, para sentirnos no amenazados: vano intento, pues quien se casa con un terrorista acaba asesinado. Aunque parezca que el despreciar juntos a los de fuera de la valla nos hace fuertes, aunque parezca que el odio al otro mantiene el odio fuera, aunque parezca que lo que nuestros aliados le hacen al otro no nos lo harán a nosotros, en realidad estamos sembrando el cáncer de la autodestrucción dentro de nuestra casa, de nuestra valla, porque estamos construyendo una identidad basada en los atractores del mal: la rabia, el odio, el rencor, la venganza, la soberbia, la inferioridad, la cólera, el desprecio. Esos ladrillos con los que construimos la casa de la identidad de grupo, intentando mantener el delirio del narcisismo creando una paranoia contra los otros, no son más que los tumores que nos acabaran royendo por dentro hasta que toda la estructura se venga abajo y acabemos a tortas dentro de la valla y a tortas con nuestra propia cara y tengamos que empezar de nuevo, dándonos cuenta de una evidencia profundamente oculta: toda identidad está equivocada por definición.

Nos daremos cuenta entonces de que se nos olvidó lo obvio: que el compartir la fiesta y el banquete con toda la tribu en risas y armonía familiar es la causa de la mayor felicidad de cada uno de los individuos del clan. Entonces nos daremos cuenta de que olvidamos que la empatía es el sentimiento que mayor paz y satisfacción aporta a nuestra vida y que nuestra naturaleza siente euforia cuando nos sentimos queridos y ayudados y queremos y ayudamos.

Nos hicieron considerar que el horror es el Otro. Y construimos vallas. Y nos sacamos a nosotros mismos de todo.

Intentaremos entonces recuperarnos recuperando los sentimientos infantiles que nos daban la felicidad cuando juntos todos los amigos jugábamos en la calle los días de inocente gloria : la empatía, la bondad, la compasión, la verdad, la alegría y el amor.

Pero eso sí, ya tendremos agujereada el alma y el diabólico joker interno eructará por el banquete que se ha dado a costa de nuestra estupidez.

1 Comment

  • Responder septiembre 23, 2015

    Rosacruz

    Muchas gracias por tan interesante, rotundo y esclarecedor articulo. Gracias 🙂

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