La edad de la sorpresa

children-110963_960_720

En los primeros seis años vamos a llamar ‘sorpresa’ a la posibilidad de educar a los niños desde la perspectiva de una actitud viva y natural de aprendizaje. Es la ‘edad de la sorpresa’. A esta edad le sigue la ‘edad del asombro’, aproximadamente desde los siete hasta los doce años. A partir de los doce años entramos en la ‘edad del aprendizaje’.

Los mayores creen que los niños sienten como sienten los adultos pero en pequeño. Esto no es  así. La tipología de emocionalidad del niño no tiene nada que ver con lo que Vds. siquiera se  pueden  imaginar.  La  facultad  natural  de  los  niños  a  esta  edad  de  mantener  un  estado  de  sorpresa  permanente,  de  no-duda  casi  constante,  les  lleva  a  vislumbrar  un  sentido  de  contentamiento  ante  las  reacciones  cotidianas.  Dicha  exaltación  cognitiva,  originada  justamente  por  la  permanencia  de  sus  pequeñas  mentes  en  la  no-duda,  es  también  permanente.  La  sorpresa  es  este  estado  de  percepción  en  que  no  hay  duda,  que  les  lleva  a  saltar de objeto a objeto sin que medie inquietud, tal como ocurre cuando un niño se golpea e  inmediatamente  pasa  a  un  caramelo  que  se  le  ofrece,  que  le  lleva  a  olvidárse  de  su dolor  previo. Sus pequeñas mentes lo ven  todo como nuevo repetidamente, sin importar si es una  película de video que una y otra vez observan con similar sorpresa.

El estado de sorpresa, de no-duda, tiene que ver con la facilidad de los niños de estar fuera en  el mundo aprendiendo. A los niños les es muy  fácil depositar sus sentidos en los objetos del  mundo y permanecer en él aprendiendo. Estar fuera en el entorno es su condición natural. Es  decir, en ellos la atención no se sitúa en la periferia sensoria cuando observan el mundo, sino  que su atención se proyecta una y otra vez a los objetos del mundo y permanece allí sostenida. Esta  actitud  cognitiva  es  natural  en  los  pequeños  de  esta  edad.  Los  adultos  no  saben  estar  constantemente fuera atentos al entorno. Cuando los adultos observan el mundo, su atención  siempre suele estar en los ojos si son estos el medio que usan de cognición, en la cabeza si es  con los oídos, o en la nariz, o en la boca. Pero a los mayores les es muy difícil situarse afuera en  el  mundo;  es  decir  extrovertirse  en  la  percepción y  sostener  su  atención  en  los  objetos  externos. A los adultos les es completamente difícil, excepto si se asombran. Cuando ven algo  asombroso sí que salen con los ojos, con los oídos. La facultad espontánea que tienen los niños  es  estar  afuera  en  los  objetos  del  mundo,  en  los  objetos  que  producen  información.  Están  siempre expectantes, siempre buscando fuera. Ellos no están adentro como los adultos, en la  cabeza; no saben estar adentro.

El ‘yo’ en la edad de la sorpresa

El sentido del ‘yo’ que tienen los niños a esta tierna edad es un mecanismo casi inconsciente  de auto  reconocimiento prácticamente involuntario. Cuando ellos afirman ‘yo’, dicha palabra  se  parece  al  sentido  instintivo  individual  denominado  ‘yo’  que  les  identifica;  se  parece  a  un  reflejo de protección instintiva. El ‘yo’ para ellos no es una cuestión consciente que resalte ni  que  sea  continua.  Casi  no  lo  detectan,  ya  que  es  una  respuesta  automática  que  ofrecen,  a  través de decir ‘mío’, ‘quiero’, tal como responden llorando ante el hambre o gritando ante lo  desconocido. El ‘yo’ para ellos no es más que un instinto de apropiación, de pertenencia. Pero  no es una condición que ha nacido como va a desarrollarse posteriormente en la adolescencia.  La  continuidad  del  yo  por  la  cual  la  persona  sabe  quién  ella  misma,  qué  está  pensando,  no  aparece  antes  de  los  seis  años  de  manera  incipiente,  hasta  conformarse  de  forma  clara  y  estable en la adolescencia. En la edad de la sorpresa la condición de yoidad no es estable, porque los niños a esa edad no  tienen sentido de la apropiación de la información en su mente de manera firme. No forjan un  mundo interior  personal estable porque no hay una continuidad del yo. Un niño no les puede  hablar  de  su  mundo  interior  porque no  tiene  una  presencia  estable  de  lo  que  se  llama  un  mundo  interior.  Son  ustedes,  los  adultos,  quienes  tienen  una  presencia  estable  que  llaman  mundo interior. Y presumen que el niño tiene un mundo interior como el de ustedes, pero no  lo  tiene.  Él  está  siempre  en  sorpresa.  ¡Siempre  continuamente  fuera  atendiendo  constantemente el mundo!

PINCHA AQUÍ PARA DESCARGARTE EL ARTÍCULO COMPLETO DE SESHA

Sesha visita Nagual el 13 de febrero para ofrecer un curso para padres y educadores, en el que verterá lo que el Vedanta puede aportar a la educación organizada en diferentes etapas; de 0 a 3 años, de 3 a 7, de 7 a 12 y de 12 en adelante.

COMO EDUCAR A LOS NIÑOS DESDE LA FILOSOFÍA ESPIRITUAL (VEDANTA)

Be first to comment