Karma de Estado.

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

 

¿Nuevos tiempos? Para los que dudan de la influencia de los tiempos pasados en los presentes, no hay más que darse una vuelta por twitter cada vez que sale un hastag político de éxito.

España, en estos días, es una gran batalla, de todos contra todos, a escupitajos, escandaleras histriónicas, espumarajos de odio, mentiras conscientemente voceadas y pataletas. La sombra del caudillo y sus opuestos, que parecía tan lejana, no cesa. La sombra del Karma de estado, sigue pesando sobre nosotros más de 80 años después del inicio de aquel monstruo de mil cabezas que devoró e invadió las entrañas de nuestros abuelos y que aún hoy navega como una tenia por nuestros instintos. El peso de los odios ancestrales se transmite de generación en generación floreciendo siempre, pero más cada vez que se abren las urnas al viento de los tiempos. Porque los vientos traen aromas rancios una y otra vez, sobre todo cuando los vientos parecen nuevos y frescos, o precisamente por eso.

Aunque parezca que todo es diferente y que somos muy modernos porque nosotros o nuestros hijos sacamos la lengua haciendo cucamonas en instagram, los demonios no resueltos del inframundo social siguen actuando desde nuestras profundidades límbicas. Su acción se incrementa sobre todo cuando son jaleados por los ecos de los espacios abismales entre el populacho y los señorones, entre los jóvenes ilusos y los viejos tenebrosos, entre la soberbia de los rebeldes y el rigor mortis de los acomodados y entre la ignorancia de buena fe de los que se creen las noticias oficiales, y la maldad de fe podrida de los que se las inventan para asegurarse que no cambie nada en el sepulcro blanqueado de la sala de control.

La política es una proyección de nuestra mente humana y en España, de nuestra mente española -tan plurinacional como española, tan heterogénea dentro como homogénea desde fuera-. No hay más que viajar por España para darse cuenta de que estamos compuestos de unas pocas naciones muy distintas entre sí. Y no hay nada más que viajar por el mundo para darse cuenta de que se reconoce un español de cualquiera de esas nacionalidades a medio kilómetro de distancia.  Este país, nuestro, tan personal, tan lleno de humor rápido -generalmente negro- como de odio y miseria, tan tendente a la grandilocuencia como al esperpento, tan adicto al ensalzamiento como al defenestramiento, este país, como tantos, tiene su derecha y su izquierda, pero sobre las nuestras sigue aflautada la influencia kármica de la voz de aquel viejo…

La derecha aquí, también, representa al padre, o mejor, al patriarcado, con todos sus defectos y virtudes: Representa la seguridad, pero la opresión; el orden, pero sin libertad; la protección, pero espiados; la autoridad, pero el abuso; la fuerza, pero la brutalidad; el orgullo, pero el narcisismo; el rumbo estable, pero sin adaptabilidad, la seriedad, pero mortecina… Con sus habituales acompañantes: la jerarquización que lleva al militarismo interno, el ordeno y mando, la opresión, la sensación de que la calle, y el campo, y el poder, es suya por cuna, el mal perder (sobre todo el poder), el desprecio al oprimido por ser estúpido y merecérselo, el desprecio a los otros por ser los otros, y el sutil tufillo a superioridad de clase otorgado por la gracia de algún dios personal. Sobre ellos, como sobre todos, flota la sombra de su Excelencia.

La izquierda es la madre o el matriarcado, también con todos sus defectos y virtudes: Representa el cuidado, pero el derroche; la adaptabilidad, pero caótica; la compasión, pero debilitante; la comprensión, pero la flojera; la libertad, pero el desorden; la apertura, pero la vulnerabilidad; la innovación, pero los imprevistos; la creatividad, pero la ocurrencia… Con sus habituales acompañantes: su propia perversión histórica internacional y nacional, el anticlericarismo rancio, y sus fracasos sonoros por la tendencia de ir contra todo poder, sobre todo el propio, que la fragmenta una y otra vez siendo siempre enemigos de si mismos y a derribar cualquier idea establecida por la absurda idea internalizada de que ha de ser derribada simplemente por estar establecida. Y esto va, cómo no, acompañado del problema de también fragmentarse por periferias, por el derecho internalizado a rebelarse a todo centralismo, incluido el propio. Y es que la izquierda sabe muy bien pelearse consigo misma, si no sería imposible mantener su tendencia a una identidad victimista, rabiosa y quejosa que de lejos le viene, justificada a veces. Sobre ellos, como sobre todos, flota también la voz aflautada del viejo Paco.

No sólo nos encontramos esa dualidad sazonada de posguerra en estos tiempos. Tenemos más. Tenemos, por ejemplo, las tendencias de lo nuevo contra lo antiguo:

Lo joven (los que quieren poder y derribo y cambio), lo nuevo, lo impetuoso, la renovación, la audacia, la revolución, la evolución, el impulso de justicia, la originalidad, el hambre de utopía, el punto de vista novedoso, el diagnóstico acertado, el heroísmo, el altruismo, la innovación. Pero con ellas viene la excentricidad, la arrogancia, el descontrol, la desmesura, la autosuficiencia, la imprudencia.

Y por parte de lo antiguo tenemos los que pueden y se niegan a ceder poder, los experimentados, lo maduro, lo estable, lo seguro, lo permanente, lo disciplinado, lo mesurado, lo comprobado, lo prudente. Pero con ello viene lo corrupto, lo decadente, lo inadaptado, lo recurrente, lo inmóvil, lo obligatorio, lo degradado, lo temeroso, lo hipócrita, lo represor.

La batalla temporal se explica tan sencillamente como la tendencia de voto. Lo que vivimos los humanos hasta más o menos los treinta años, sea lo que sea, es lo normal y, como estamos llenos de fuerza y de ilusión juvenil, cambiable a mejor. A partir de esa edad y hasta los sesenta, toda innovación tiene sospechas, es inquietante e imprudente y como estamos medio decepcionados, por tanto, ojito. Desde los sesenta en adelante, todo lo no experimentado previamente es claramente peligroso y potencialmente apocalíptico, y como estoy cansadillo, mejor me quedo como estoy.

No solo eso, tenemos más batallas en la actualidad. Tenemos a los poderosos contra los pobres. Los megaricos contra los ricos. Los ricos contra los pobres. Los pobres, contra si mismos.  Los vecinos contra los otros vecinos. Las familias entre sí y con ellas mismas. Ah, y mejor, a las corporaciones psicópatas contra los seres humanos (contra todos). Y también, dentro de ellas, los dueños contra los empleados. Y los dueños contra los otros dueños. Y las corporaciones contra ellas mismas. Y todas contra Gaia, que las alimenta a todas. Y luego la de los empleados de aquí contra los no-empleados de cualquier lado que quieren emplearse. La de los limpios, en los barrios limpios, contra la de los sucios en sus barrios sucios. La de los de fuera de aquí contra los de dentro de aquí. La de los espirituales contra los materialistas, la de los animalistas contra los devoradores. Y tenemos los cultos contra los iletrados, la de los informados contra los que ven la tele, y la de los egoístas contra los dadivosos. Tenemos la de los buenistas contra los “haters”. Los religiosos de esto contra los no-religiosos. Y los religiosos entre ellos. Una batalla especialmente intensa existe entre quienes, subidos al atril tecnológico intentan extender la verdad de lo que pasa. Mientras que en el otro lado están los dueños del atril y sus pagados, que, por no perderlo, vocean sus mentiras riendo, perdiendo la dignidad de su palabra y su sentido de ser.

Por supuesto, también, en general, y más en esta tierra nuestra, tenemos a las periferias contra los centralistas, con todo tipo de nacionalismos grupales defendiendo, con la barbilla al viento, la dignidad narcisista que imagina que le arrebatan otros. Todo vale, mitología local incluida, con tal de poner la valla de mi pueblo un poco más acá, a ver si encerrado en mi mismo, por fin consigo ser tan genial como me imagino y se me quita el complejo de inferioridad e injusticia que todavía me provoca la sombra de los tiempos del viejo caudillo. Y como compensación, enfrente tenemos a los no menos certeros, quienes creen que la uniformidad es la única manera de no tener miedo al diferente, porque han viajado tanto y leído tan poco que se creen que su pueblo es el que tiene que pintar el mundo. No se crean, amigos, que somos modernos. Nos maneja el karma del caudillo, el karma de su influencia: el caudillismo reformado o el contracaudillismo aberrado. Al final el karma sigue ahí, con los fachas contra los rojos, como si no hubiera pasado el tiempo.

Si supiéramos que lo de fuera no es otra cosa que lo de dentro…

En España, el enemigo siempre está en casa. Seguimos como en el cuadro de Goya, a garrotazos. Y nosotros, sin Berlanga.

Desde fuera nos miran, esperando por si hay que intervenir, por si acaso no pasara lo que tiene que pasar, para no poner en riesgo que la Opción Única se mantenga, zombi, pero activa. Hace mucho tiempo que ya no manda nadie vivo aquí, ni en el mundo, excepto el Dios Dinero que, por su parte, es un zombi autónomo.

Menos mal que nos queda, a cada uno, su propio mundo interno.

Aunque ahí, la batalla, va en serio.

 

Mariano Alameda

4 Comments

  • Responder enero 27, 2016

    david

    a ver si puede ser que en siglo nos libremos del karma de una guerra civil cada cien años. la parte buena es que ha aparecido este punto de vista nuevo.

  • Responder enero 28, 2016

    ana ruiz segovia

    Quizás toda esta película macabra se sigue desarrollando ahí fuera para que seamos más conscientes de donde están realmente las soluciones a los problemas, políticos, internacionales, económicos, de justicia, familiares y personales.
    “Tenemos que convertirnos en el cambio que queremos ver en el mundo” y para ello tenemos también que aceptar y hacer consciente nuestra sombra colectiva e intentar ir más allá de la dualidad para darnos cuenta de que hemos inventado este sueño para ser capaces de llevar nuestras posibilidades de Amor incondicional a todos los seres sintientes y así cumplir nuestra misión, cada uno con su bagaje personal y ¡Despertar de la pesadilla! o simplemente ser observadores, como si se tratase del paso de las estaciones. A veces estamos disfrutando del calorcito reconfortante del verano y a veces nos refugiamos del intenso frío del invierno. Pero como el Arco iris, no nos mojamos con la lluvia, no nos chamuscamos con el sol. ¡No hay nadie!

  • Responder enero 28, 2016

    Mónica Alcázar

    Vaya, esta vez si que has echado el resto, impresionada me quedo con el post, que pone los pelos de punta de tantas verdades juntas. Me pregunto si todos los que defienden esta España a su manera, saben siquiera que significa ya “España” que ha perdido su sentido como lo hemos perdido los que la habitamos. Cierto es lo que se ve afuera es lo que tenemos dentro, un no saber que somos, ni que queremos ni adonde vamos, es normal que no tengamos un gobierno capaz de liderar, puesto que tampoco sabemos ser líderes de nosotros mismos.
    Agradezco tu aportación Mariano, como siempre poniendo un espejo donde mirarnos las miserias.

    Un abrazo !

  • Aunque comparto muchos de tus puntos de vista, y admiro tu saber expresarte bien, después de vivir casi 40 años fuera de España, 32 de lso cuales en Alemania, país en el que aún me hallo, yo diría que lo expuesto por ti es aplicable a la mayoría de las naciones, salvando las distancias, es decir, sus circunstancias históricas, ya que todo lo expuesto es intrínseco a la naturaleza humana. Si en España verdaderamente se supiera del espíritu de la sociedad alemana, de Alemania: su ineficiencia laboral, su corrupción, sus envidias, sus mentiras, su amiguismo político, etc., etc,, prácticamente todo lo que tú le achacas, con justicia, al carácter español, ¿qué se podría decir del Franco que no tuvieron? ¿Son por eso mejores mejores personas? ¿o acaso este país funciona mejor? Yo te podría que no. A mí siempre me sorprende e indigna la admiración con que los españoles ven a Alemania. O sería mejor decir: los medios de comunicación españoles
    Lo que quiero decir es que no ha sido Franco el culpable de todos nuestros males y que no creo que fuéramos mejores personas hoy en día (¿por qué se dice ahora en España “a día de hoy?”) de haber vencido la República.
    Como tú bien sabes, el cambio viene de adentro a fuera, y no a la inversa, y hasta que las personas no lo asimilen y lo pongan en práctica, tanto hubieran valido los 40 años con un Durruti que con un Franco, por mucho que el primero le ganara en ética social, entre otras muchas cosas.

    Un sincero saludo.

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