Identidad, política y niveles de conciencia

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Identidad, política y niveles de conciencia

Por Mariano Alameda

 

El mundo en que vivimos está experimentando una aceleración de los cambios tan rápido que sólo los jóvenes o los lúcidos están siendo capaces de comprenderlo y adaptarse. Lo que estamos viendo a nivel planetario es una triple brecha con respecto a la visión del mundo, o lo que es lo mismo una modificación acelerada del nivel de conciencia de la población que tiene varios frente de batalla: la visión generacional (jóvenes contra mayores), la de clases (muy ricos contra muy pobres) y la que separa la población urbana, viajera y digital de la rural, estática y analógica (cosmopolitismo contra regionalismo).

Desde el punto de vista de la conciencia, nosotros solo podemos percibir el mundo, a los demás  y a nosotros mismos desde el estado evolutivo en el que estamos. La clave central de ello es la identidad, la identificación. Cuando menos inclusiva sea la identidad, menor nivel de conciencia. La línea evolutiva de la conciencia va hacia una mayor integración y hacia una mayor trascendencia de los contenidos de la conciencia. Podemos decir, por tanto, que el camino evolutivo es un viaje hacia la eliminación de las vallas. De las vallas de la identidad.

Los estados evolutivos de la conciencia se pueden categorizar y clasificar jerárquicamente. No es una jerarquía como la basada en la relación de poder, como en una empresa o en el ejército, sino basado en el grado de inclusión y trascendencia de los estados menores en los mayores, como en la educación. Por ejemplo: igual que un niño, para aprender a leer tiene que empezar con las letras, para posteriormente pasar a las sílabas, a las palabras, las frases y los párrafos. También los estados de conciencia se pueden comparar a los estados de la materia, que incluye y trasciende los anteriores: así los cuerpos incluyen y trascienden los órganos, que incluyen y trascienden los tejidos, que incluyen y trascienden  a las células, y estas a las moléculas y estas a los átomos. O como la estructura territorial: europa, estados, regiones, provincias, poblaciones, barrios, edificios, pisos, habitaciones. O como la del universo: planetas, sistemas estelares, galaxias, cúmulos…

Los niveles a través de los que la conciencia de los individuos evoluciona, puede compararse con los estados a través de los cuales la mente de un bebé se va modificando para ir madurando y comprendiendo el mundo de una manera más completa y certera. Los estados anteriores no se eliminan, se trascienden.  Los niveles de identidad van desde los previos a la identificación (como un bebé, que existe, pero no tiene idea de quién es), hasta los transpersonales (donde se han superado los conceptos de ser “alguien”). De hecho, podemos establecer un paralelismo directo entre los estados de la conciencia con los estadios educativos infantiles, pues el éxito de los primeros depende del éxito de los segundos, ya que por el niño van pasando los diferentes niveles de la evolución humana.  Así, según sea nuestro desarrollo evolutivo, dependiendo del nivel de conciencia en el que estemos, vamos a percibirnos a nosotros mismos y al mundo desde ese nivel. Esa visión de la realidad, de la sociedad, de la individualidad va a definir el comportamiento y la percepción también política y socio cultural que desarrollemos en la sociedad.

Actualmente estamos viviendo una batalla de visiones del mundo, de diversas narrativas sociales luchando por imponerse. Estas narrativas sociales dependen de las identidades sobre las que construimos nuestro “yo” y dónde ponemos la valla del “nosotros”. La identidad no es otra cosa que el conjunto de ideas o conceptos con los que nos identificamos, como agregados que le pegamos al concepto de uno mismo. No es algo objetivo, es solo una sumatoria modificable y que depende del mapa mental de cada uno. Por eso nos puede resultar muy útil el saber categorizar los estados de conciencia (que en verdad son estados de identidad). También es muy importante el saber reconocer que lo que cada uno de nosotros perciba como sus valores o déficits va a depender del nivel de conciencia desde el que nosotros las recibimos. Por ejemplo, alguien que no sepa leer no puede hacer un análisis sintáctico, porque para poder hacerlo requiere de haber superado el primer nivel, el de aprender a leer. Lo que suele pasar, lamentable pero comprensiblemente, es que los que residen en estados inferiores suelen enfadarse con los puntos de vista de los estados superiores hasta el punto de querer, incluso, literalmente, crucificarlos. Por eso los grandes descubrimientos que modifican el paradigma de la humanidad primero son ridiculizados, luego atacados, luego negados y, finalmente, comprendidos. Por eso a la mayor parte de los genios se les valora más ahora que en su tiempo, al alcanzar la población, muchos años después el nivel de conciencia que permite admirar su talento.

El problema es que varios niveles pueden simultanearse en la misma persona y pueden funcionar de manera completa o desintegrada. Esto depende de si en la época de la vida en que un nivel se tendría que haber desarrollado completamente  (ser incluido y trascendido)  ha ocurrido un déficit educativo, un trauma por exceso o defecto o invasión de la labor de los padres o de la cultura, que pudo provocar una fijación o fobia a un aspecto determinado. Si ha ocurrido así, nos habremos quedado fijados en ese estadio en ese aspecto específico, aunque los demás puedan evolucionar. Por ejemplo, un abuso corporal nos puede dejar fijados en un estado infantil con respecto al sexo, aunque el resto de los aspectos hayan evolucionado.  De eso es de lo que la terapia adecuada se tiene que encargar. Cuando se produce una fijación en un estadio determinado, puede ser que se sufra por carencia o por exceso. Por ejemplo, una fijación en el estado de “poder personal” puede ser tanto que yo me creo con derecho a dominar a todo el mundo como creerme que no sirvo para nada y que mi poder es nulo. Ambas son fijaciones en el mismo estadio. No se ha trascendido el nivel “del poder “para pasar a uno superior.

El modo de pensar y de sentir de la gente, por tanto, depende del estado de nivel de conciencia en que se encuentra más habitualmente, aunque tenga aspectos vitales colocados en varios lugares.

Una vez explicada esta introducción, pasamos a hacer un recorrido por los diversos estados de conciencia que experimentamos y experimentaremos los seres humanos.

Pondremos en el nivel más bajo de la conciencia los estadios fijados en exclusiva en la satisfacción de las necesidades, como los bebés o los animales primarios. Son los estados previos a la identidad. Eso no quiere decir que los estadios siguientes no sufran, por ejemplo, de hambre, sino que superan el que la motivación principal del comportamiento y de la visión estén exclusivamente condicionados por ella. Cuando alguien o un aspecto de alguien está fijado en este estadio, solo le preocupa comer, solo quiere copular, solo quiere guarecerse, solo quiere seguridad animal, solo ser cuidado, solo defenderse. No tiene hambre, ES  hambre. No va más allá. Ni siquiera hay idea de sí mismo, solo hay necesidad.

Lastimosamente, el sistema social provoca que muchos humanos estén en un estado de necesidad tal, que solo puedan ocuparse en saber cómo sobrevivir, qué comer, dónde dormir. Hay que ser muy luminoso para que, en esa vivencia social tan injusta, una conciencia pueda evolucionar a estados superiores. Quizá precisamente por eso, al poder establecido no le conviene facilitar mucho las cosas, para que la gente no se preocupe de ser otra cosa que el mejor esclavo del patrón y así estar solo ocupado, al menos, de conseguir techo y comida. Así ha sido durante años, donde a las clases bajas se les enseñó el orgullo de ser el obrero mejor explotado –más horas, más esfuerzo, más sufrimiento, más sumisión-.

El nivel superior  a este es el de quien cree que el mundo está “animado” por sus emociones. En ese estado, se piensa que la silla con la que uno  tropieza es mala, que el coche le salpicó porque uno se ha portado mal, que un tigre no te come si eres vegetariano  o que va a aprobar los exámenes si no se masturba. Es un estado “mágico”, donde se cree que si uno es bueno y formal, la vida lo tratará bien. Una pena, pero madurar es darse cuenta de que esa visión no es correcta.  Y sin embargo, hay mucha gente que piensa así. Especialmente en el mundo del desarrollo personal de bajo nivel o religioso infantil, que confunde lo pre-personal con lo transpersonal. Si tienes esta visión, políticamente dejas la labor de la construcción de la sociedad a los demás, y tú te preocupas exclusivamente de ti, pretendiendo “ser bueno”, creyendo que siendo legal y adecuado, el sistema te tratará bien. O se entrega con ilusión a la idea de que la realidad es una creación voluntaria y personal y, por tanto, puedo “atraer” lo que decreto. Es un nivel de conciencia mágico. Es como un niño que cree que si se porta bien, sus padres le querrán y le tratarán justamente, sin darse cuenta de que sus padres, en muchas cosas, están incluso más locos que él y que por tanto, no habrá una relación entre cómo te comportes tú y cómo reaccionara el mundo. Como decía el maestro Krishnamurti, adaptarse totalmente a un sistema enfermo, es transformarse en un enfermo. Eso no quiere decir que uno debe permitirse ser malvado, puesto que el bien, la verdad, la belleza,  la bondad y la justicia son valores universales que nos hacen sentir sanos, puros y merecedores. O lo que es lo mismo, tener buena reputación para uno mismo, que es lo que se llama autoestima, imprescindible para que la conciencia se despliegue.

Si tienes suerte y superas ese estadio “animista”, el siguiente es el de aquel que se obsesiona con el poder personal, creyendo que el mundo y los demás son “algo para ser explotado”, algo para MÍ. Es un estadio propio de los niños sobre los 3 años, cuando desobedecen como norma y pretender gobernarlo y poderlo todo para desesperación de sus padres, que no entienden esas rabietas y esas frustraciones, porque para entenderlas tienen que saber que la mente del niño está comprobando cuánto poder personal tiene y al no tenerlo, rabia. Es una fase de creación del ego, narcisista y omnipotente, que puede perdurar hasta la época adulta si no se ha modulado bien, y entonces uno se cree que el poder es el único objetivo de la vida, que la naturaleza y los animales son algo para consumir y explotar para beneficio propio, que los demás ciudadanos son “unos otros” a los que quitarles su dignidad para enriquecimiento y gloria de uno mismo. Lamentablemente, la mayor parte de las personas que ocupan puestos de poder (financieros, empresarios, políticos) están en este estadio de la mente, atraídos por el trono de poder como las moscas por la miel. Por eso aun viviendo cómodamente son corruptos, codiciosos, explotadores. No pueden evitarlo. Su nivel de conciencia prioriza el “yo” por encima de cualquier otra cosa. Se toman el mundo y a los demás como una “cosa”. Es un estado bastante psicópata, si vives así cuando ya tienes más de 4 años. Otros, sin embargo, los menos, intentan acceder al poder para poder hacer el bien a la sociedad inclusiva a la que pretenden ayudar, pero si no están bien establecidos en su interior, se corromperán por osmosis con el ambiente habitual de ese entorno.  Las empresas, entidades más grandes que sus dueños, ya casi reguladas por robots informáticos, las grandes corporaciones, como son entidades sin alma humana basadas en la apropiación y la codicia competitiva, están quedándose cada vez con más espacio de poder del que antiguamente ocupaban los estados-nación, pues los dirigentes de estos son, en muchos casos, marionetas de los primeros, vendidos al poder personal que le garantizan las corporaciones al obedecerlas. Todo vale con tal de aumentar el poder, para ellos la vida es un ansia de poder, una comparativa continua, una competición descarnada, una explotación permanente, un estómago enorme vociferando para una boca diminuta. Lamentablemente, como para ellos –y generalmente para los entornos clasistas familiares en los que se han criado-, la búsqueda de poder es prioridad, suelen ocupar los puestos de poder social, desde los cuales marcan su punto de vista para la sociedad. Así que el resto, hipnotizados por la falta de cultura, suelen seguir creyendo que ese comportamiento es superior, y lo copian desde abajo. Y así se establece la falacia de la supervivencia del más fuerte y de la competición contra todo. Ergo, capitalismo fagocitador, crisis devastadoras y explotación y desequilibrios sociales.

Si tu mente es más lúcida y afortunadamente supera este estadio egocéntrico codicioso, trascenderás la búsqueda del poder con una inclusión en el estado siguiente, en el que la identidad va a superar el estado de “yo” y va a pasar al estado de “nosotros”, por tanto se va a asociar con una familia, una ideología específica y un grupo determinado, dejando fuera  cualquier otro grupo o tribu o ideología. Es un nivel de conciencia que podríamos denominar “fundamentalista” o “excluyente. Lo importante es el “nosotros”, lo que “nosotros creemos”, y lo que marca el límite ahí es la frontera donde mentalmente colocas la valla. Básicamente, es un criterio tribal, de pertenencia al grupo, a los mitos y ritos del grupo y exclusión del resto. Es el estadio en el que alguien cree que los de fuera de mi grupo son el enemigo y, por tanto, sus ideas, totalmente equivocadas. La mayor parte de la humanidad vive en este estado.  Desde este nivel la naturaleza, los otros grupos y los animales son cosas para ser explotadas, o torturadas por diversión,  porque no son “nosotros”. Así los nacionalistas de este lado desprecian a los nacionalistas del otro lado. Las religiones de este lado desprecian las religiones del otro lado. Los azules desprecian a los morados, los negros a los blancos, los liberales a los marxistas, los hombres a las mujeres, los heterosexuales a los homosexuales, los taurinos a los antitaurinos, los viejos a los jóvenes, los europeístas a los eurofóbicos, los ricos a los pobres, los cristianos a los islamistas, los guapos a los feos, los musculosos a los enclenques, los incultos a los cultivados. Y en muchos de ellos, también viceversa. Es un problema de identidad excluyente. En este estadio no se es capaz de escuchar y comprender al otro. La izquierda y la derecha luchan en este estado. Los primeros, priorizando el colectivo al individuo. Los segundos, al individuo sobre el colectivo. Y así avanzamos a tortazos dándonos porrazos con las paredes mientras cada uno pretende llegar a su primacía a costa del otro creyendo que todos los conceptos del otro son ideologías absurdas y quienes las siguen, seres básicamente estúpidos. Desde ese estado, cuando un cristiano fundamentalista ve a un ritual de adoración a Ganesha, les parece que los indios están locos adorando un elefante de corchopan. Podemos imaginar lo que piensan ellos cuando estos primeros sacan de paseo a la blanca paloma. Hay que haber subido de nivel para darse cuenta de que, en verdad, son representaciones metafóricas de experiencias internas.

Esto no quiere decir que todas las ideologías que citamos arriba tengan el mismo valor o el mismo nivel de verdad, al contrario, se puede ver muy claramente cuál es el nivel de conciencia en el que están si estudias su nivel de inclusión e identidad con respecto a la realidad. El problema es cuando no se es capaz de comprender, entender y respetar –compasivamente-  la ideología del otro. “Perdónales porque no saben lo que hacen”, que dijo el Hijo del Hombre. Del mismo modo que uno no se puede burlar de los niños que creen en los reyes magos porque su estado de conciencia les permite creer en ello, la compasión por los fundamentalistas radicales y no liarse a bombazos con ellos sería  un indicio del propio desarrollo. Es un concepto tan absurdo como bombardear Toledo para “curar” a España de la inquisición de Torquemada. Eso no quiere decir darles las palmas o no defenderse de manera efectiva, pero sí comprender la pobreza de su nivel de conciencia y favorecer un abono en el que se puedan desarrollar a un estado superior. De manera similar, podemos hacer un paralelismo con la sensación que nos genera  escuchar hablar a un supremacista blanco, que generalmente, se quiere creer superior porque, –no hay más que sentir su corazón- es un pobre ignorante despreciado habitualmente por su entorno cercano que intenta compensar su disfuncionalidad personal a base de intentar pertenecer al grupo de los ganadores. Todos los agresivos no son más que gente asustada.

Este nivel de conciencia es la causa por la que la gente puede votar en las elecciones a gente corrupta, incompetente o claramente dañina a la sociedad. Prefieren votar a “los suyos” antes de que cualquiera de “los otros” llegue al poder, por bien que lo fueran a hacer. En la mayor parte de las veces, es por fidelidad a los antecesores, a la familia, a la clase social, al grupo religioso. No hay verdadera libertad de pensamiento y criterio, solo hay fidelidad ciega –y  a veces, culposa-.

Al final los estadios de conciencia superiores sienten por los que están en estadios inferiores compasión y si no es así, es que no están en un estadio superior. Repito, eso no quiere decir ser inoperativo, indefenso o quedarse en loto fingiendo que miras la pared como un bobo mientras haces la fotosíntesis creyéndote un buda luminoso. Todo lo contrario, el incremento de conciencia suele generar un cierto activismo al incrementarse la identificación con el prójimo.

Cuando se ha superado la etapa fundamentalista, de identificación con un grupo exclusivo y una ideología, la mente se abre a una identificación con la especie y los valores universales. De este modo uno se siente miembro de la humanidad, pretendiendo por ello el bien para todos, todos incluidos. Es una conciencia incluyente, solidaria, justa y compasiva. Se defienden los derechos humanos, los derechos animales, el derecho de todos los seres a tener una vida plena y respetada, la justicia social, la igualdad entre géneros, etc. En este estadio surge la ecología, el activismo social, la solidaridad entre culturas, la espiritualidad que va más allá de las diversas religiones. El respeto al individuo se combina con el respeto al colectivo, sin que uno tenga capacidad de imponerse frente al otro. Vuelvo a repetir que eso no hace considerar a todas las ideologías como semejantes en valor o  iguales en valores, sino que las comprende, las incluye y las trasciende. El mundo está despertando a este nivel en muchos lugares. La gente, especialmente los jóvenes cultivados y viajados, están cultivándose en esta experiencia totalizadora de la mente y del corazón. La multiconexión facilitada por la tecnología hace que las ideas más inclusivas se vayan desarrollando en muchas mentes que se van liberando de los conceptos raciales, de casta, de grupo, de especie, de religión o de ideología. Aunque en realidad el mundo parece que empeora en muchos casos, en verdad no son más que los estertores de muerte de los niveles inferiores que se resisten a ceder a una visión superior que va creciendo. Esto es así porque los que residen en niveles inferiores se ven reflejados en los más evolucionados como en el retrato de Dorian Gray. La luz de los nuevos crea mayores sombras en los de abajo, y para evitar el dolor de la comparativa y la certeza de su oscuridad, intentan degradarlo todo a su nivel para que no se vean las diferencias y así no ser conscientes de su inferioridad. Es algo así como cuando deseas que tu vecino pierda su flamante coche para no tener que compararlo con el tuyo más inferior. En un nivel de conciencia más elevado, te alegraría el bien ajeno.

Por encima de este nivel, aún hay varios más. Son los estadios que consideramos como místicos, o espirituales superiores, los transpersonales. Los vamos a resumir brevemente, pues tiene un punto trascendente y exclusivo y son poco conocidos en occidente, aunque Oriente ha trabajado mucho en ellos desde hace siglos. No son estados que se crean o se consiguen sino que se revelan como eternamente existentes. Son estados que han de ser revelados cuando se elimina la ignorancia que los velaba. En estos niveles la conciencia, ya liberada, no se identifica con los objetos de percepción, sino que se crea el nivel de Testigo, el del Ser no calificado, más allá de la impermanencia del mundo material. Es el lugar en el que residen los más lúcidos, los luminosos, cuya identidad ya solo se percibe a sí misma como el ojo que observa la realidad, sin que el pegamento de la identificación se adhiera a ningún objeto. Aquí se experimenta la vacuidad, la libertad total, la ausencia de tiempo. La acción se produce por sí misma, sin actor que la ejecute y sin propósito personal en ello y, por tanto, es siempre correcta. Por difícil que pueda ser comprenderlo, ya no se pretende que Dios haga la voluntad del hombre ni que el hombre haga la voluntad de Dios. No son dos entidades separadas. Son los estados más allá del Karma, más allá de Maya, más allá del Samsara que existe, pero el Ser ya no reside en él. Mora en la eternidad.  Aquí se reside en el presente perpetuo, en el testigo permanente de la vida.

Cuando el nivel de Testigo se ha quedado fijado, entonces el testigo comienza a observarse a sí mismo, y se da cuenta de su inexistencia como Sujeto. Entonces la mente da un salto casi final y se percibe como Totalidad de la Existencia, pero todavía dentro de los límites de lo real. La identidad, por tanto, pasa a ser un ser-sin-ser, todo lo percibido es Yo, por tanto el mundo es Yo. En este nivel se ama al prójimo como a sí mismo y a la Divinidad en todas las cosas. Es el estado Crístico, la mente del Buda, el Tao, el estado de Zen.

Cuando este estado se ha establecido de manera fija, la mente aún da un salto más allá y entonces se rompen las fronteras de la percepción estable. Los límites, incluidos los que perciben el mundo como real, específico y delimitado se eliminan. Entonces ya no existen las fronteras espaciales, temporales o de forma. Este estado inefable, suprahumano, es el Nirvikalpa Samadhi, el Reino de los Cielos, donde residen los liberados en vida, donde uno es todos los universos y todos los tiempos funcionando simultáneamente sin límite alguno. En este estadio uno es el Uno Sin Segundo, igual a la Divinidad, el multiverso atemporal. De este nivel apenas se puede hablar, pues es incomprensible para la mente categorizante habitual. Sin embargo, puede ser experimentado por todos pues nunca se sale de ese lugar.

Claro que para los que residen en las mentes cotidianas, esto son gilipolleces.

Pero aquellos que lo han experimentado, para aquellos que lo han sido, al menos por un segundo, todas las cosas cambian, ya no hay marcha atrás. A pesar de que el camino espiritual primero tiene rosas y rosas y luego espinas y espinas.  Pero el camino de la culebra ya no tiene marcha atrás, no se puede soñar el mismo sueño una vez despierto. Los que lo han visto saben que no pueden morir con su canción dentro.  Desde ese momento, los estados inferiores son tan reales como los sueños de la noche para aquel que está ya despierto.

El universo tiende a eso, tiende a conocerse a Sí mismo. Alinearse con esa tendencia es ir a favor de la corriente de la existencia. Ese es el sentido y la dirección de la Vida, aunque tarde eones en desarrollarse, vida tras vida. Es accesible a todos, permanente, eterno, inmutable, infinito.

La vida es un Misterio que no se puede llegar a comprender, pero se puede llegar a Ser.

Como dijo el poeta en un rapto de luz…

 

O Tú y yo,

jugando estamos al escondite, Señor,

o la voz con que te llamo,

es Tu voz.

Antonio Machado.

 

 

Mariano Alameda

Junio 2017

 

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