JE SUIS ALI

Scared_Child_at_Nighttime

 

Un relato de ficción. Por Mariano Alameda.

Basado en un terrorista que se inmoló en Paris en un callejón vacío.

 

Alí estaba en el callejón oscuro. Se oían gritos lejanos y sirenas. Estaba solo ahora, pero algún compañero ya debía de haber hecho su labor. Hacía frío. Se sentía mal, enfermo, roto, ya no tenía otra salida.

Cuando era un niño, como todos los niños, Alí estaba unido a todo. La alegría brotaba de él, el amor también. La vida y él eran la misma cosa. Era real y se sentía querido por las nubes, por las puertas, por los azulejos de colores. Todo lo que él quería, le quería. Le gustaba la música, el sonido de los rezos, los gritos de sus hermanos, el olor de la sopa. Era como todos los niños, inocente y llamado a la felicidad.

Pero sus padres y hermanos mayores estaban ya enloquecidos como tantos. Como todos los árboles genealógicos, están llenos de luces y sombras. No estaban más ni menos zumbados que el resto de los padres de los niños del suburbio, inadaptados a un sistema enfermo de egocentrismo y vanidad. Hijos de otra cultura, a los padres de Alí, el trastorno de inferioridad y la decepción les estaba comiendo por dentro y no tenían cultura para darse cuenta ni para tratárselo. Expulsados de su país de origen por la mordida de la pobreza y la guerra, guardaban rencor a aquellos que creyeron que les echaron. Habían culpado a los países poderosos porque en verdad  sí existía el expolio de esas “colonias” desde hace siglos. Eso era una verdad a medias, porque en sus tierras de origen llevaba habiendo guerras desde que el humano tiene conocimiento de la historia. Esa es la tierra donde sobre todas las cosas reina la Muerte, el odio y el horror. Por lo que parece, por los siglos de los siglos. Pero como no hay nada como apuntar a un enemigo para salvaguardarse de la decepción con lo propio, la familia de Alí culpó a los blancos invasores de sus males. Y para evitar el mal de su tierra, en una gran paradoja, emigraron a la tierra de los blancos invasores, donde fueron acogidos.

Así que vivían en la contradicción de ser parte del país de la libertad, pero con la imposibilidad de poder adaptarse a sus puntos de vista tan culturalmente diferentes -ni ganas tenían- y con el rencor de fondo de culpar a occidente de sus desgracias milenarias. En la abundante y ostentosa y bellísima riqueza de todas las calles de esa ciudad, los padres de Alí no sabían hacerla propia. Como todos aquellos que no pueden jugar con las mismas reglas con las que juegan los demás porque dejarían más en evidencia su propia inferioridad, se montaron sus propias reglas en su propio mini-mundo y pretendieron crear la dictadura religiosa independiente de su casa, de su gueto, de su barriada deprimida. Es lo que suelen hacer los que no pueden extender su amor más allá de las fronteras de su pueblo y gracias a la paranoia, creando un enemigo, consiguen mantener su narcisismo y no cambiar.

En el fondo de los corazones de los padres, se sentían traidores a su origen por haberse vendido al dinero del invasor y, simultáneamente, ser acogidos y recelados por ellos. No querían darse cuenta de que habían renunciado a la felicidad prometida que soñaron en la migración porque al llegar a disneylandia no sabían jugar con las reglas de ese sitio. Se sentían a la vez traidores y traicionados, inferiores y frustrados, pero fingían que no. Y ese sentimiento se reprimió, para que no se sintiera. Pero las represiones en los padres se manifiestan en los hijos. Los diablos copian al rio Guadiana y se esconden y se saltan generaciones antes de morder de nuevo.

Alí, de mayorcito, se dio cuenta del dolor de sus padres. Ellos le miraban como con decepción. Y como todos los niños que viven en entornos dolorosos, sacó conclusiones equivocadas. Creyó que la decepción era con él, para salvarlos a ellos. Y creyó, para salvarlos, que su papá estaba siendo despreciado por los ricos blancos europeos que se reían en sus coches brillantes, y los odiaba, y se culpaba por ello. Los niños siempre se culpan de los dolores de sus padres e intentan curarles absorbiendo su dolor, o imitándoles o traicionando sus apetencias o fingiendo ser otro.

A Alí le hubiera gustado saber jugar a ese juego de la ciudad luminosa en el que se consiguen tantas ropas chulas y tantos juguetes caros, pero en su colegio de mierda, él no era más que otro sucio más al que le daban capones, le suspendían por no hablar bien el idioma y le zurraban los niños rubios en el recreo. Y el trastorno de inferioridad ya hemos dicho que es letal, pues guarda dentro de sí mismo el germen de la rabia.

Solo en el portal de su barrio con su amigo Jalif se sentía a gusto. Una vez escondieron una pequeña navaja de juguete debajo de un ladrillo, para cuando tuvieran que ser fuertes.

Como su padre se sentía traidor a sí mismo por no saber triunfar en este mundo nuevo, educó a su Alí, el pequeño, en el ensalzamiento compensatorio y eufórico del paraíso de cuando él fue joven. Un tiempo lejano idealizado en el que fueron felices en aquel país que nos quitaron por culpa de estos que hoy nos acogen. Y el niño Alí creció con la idea de que su vida actual es un valle de lágrimas en el que no hay salida, en el que le metieron otros que son malos y que tienen la culpa de la cara de pena de su mamá y de los hombros caídos de su papá. También cree que existe la posibilidad de construir un paraíso a través del dolor de los malos. El paraíso que su papá perdió.

Como a Alí nadie le hace mucho caso, y no sabe cómo ser importante o cómo llegar a ver que sus papás son felices con él, pues no sabe cómo ser. Sus hermanos mayores ya le han robado -por llegar antes- todas las maneras de ser como sus papas quieren para alcanzar su atención. Él no sabe a quién copiar. Sólo siente que tiene que ser importante, grande, célebre… Algún día eso sucederá, piensa él, para evitar sentirse como ahora: diminuto, sobrante, rechazado, abandonado por la mirada de sus padres, abandonado de la mirada de sus hermanos, abandonado por la bonita ciudad que no puede disfrutar.

Alí era al principio un niño amoroso y positivo, pero no le hicieron sentirse bien al serlo. Luego Alí se hizo triste y pesimista, con la esperanza de que los demás tuvieran pena por él y le quisieran, pero tampoco funcionó. Se hizo malo y agresivo, y solo se llevó hostias que le incrementaron su sensación de ser miserable. Y por eso se refugió en un mundo de fantasía, imaginario, irreal. Desde entonces tiende a no ver la realidad como es y está un poco tocado de la azotea. Alí escondió, para no sufrir, dentro de sí, el desamor de sus padres, el desamor de sus compañeros de cole, el desamor de esa cultura ajena en la que vive. Y tapó su pena del desamor con el miedo a volverlo a sentir. Y como el miedo da mucho miedo, lo tapó con cólera, para defenderse, y ya ni se acuerda de qué era lo que le daba miedo. Y tapó la ira con una aparente corrección social, pero en el fondo no le servía. Demasiadas capas. Había enterrado una navaja, ya no de juguete, en su corazón, herido de muerte. Alí ya no era Alí.

Así que creció con una concepción del mundo equivocada con la que no se podía manejar bien en ese territorio en el que vivía, pues había montado una personalidad cristalizada para tapar el dolor. Fue rellenando las carencias con sustancias evasivas que le hicieron pupa en su tierno cerebro adolescente. Sustituía sus carencias de amor y autoestima con delirios de grandeza futura. Tenía el cuerpo lleno de tensiones para no expresar la rabia y, sobre todo, como siempre, anhelaba en su fondo poder ser querido por sus padres, poder ser querido por sus compañeros del cole, poder tener esos juguetes que veía en la tele, poder ser admirado por sus hermanos mayores a los que sabía que molestaba. Pero ese anhelo de amor se le había olvidado. Algún día sería fuerte. Algún día pertenecería a un grupo. Algún día le construiría a su papá un mundo nuevo que le quite el rictus de dolor. No le gustaba una mierda su vida.

Así que empezó a navegar por internet, se juntó con otros que también frustrados le metieron ideas locas en la cabeza y cargado de errores y dolores acabó creyendo en paraísos lejanos posibles. No sabe muy bien cómo, convencido quizá de una promesa de sentirse fuerte, pero viajó a los lejanos países de sus padres, donde pudo sentirse poderoso por fin vestido de negro, perteneciendo a un grupo de niños rotos desamados que le hicieron sentir, por primera vez, el concepto de pertenencia en esas tierras parcas y desalmadas. Ahora se sentía en grupo, ahora tenía un sentido todo, ahora tenía un propósito, una misión y se sentía fuerte. O sólo a veces. En el fondo Alí sospechaba que todo era bastante parecido a esos grupos de skins de su ciudad que aterrados por el miedo a no valer, se transforman en orcos para poner su miedo en otras víctimas y así creerse seguros. Absorber al mal para no ser afectado por el mal. Infectarse para evitar el miedo a la infección. Infectar a todos para evitar la envidia de ser un infecto. La rueda de la venganza y de la ignorancia. Por lo visto, extendiéndose por los siglos de los siglos.

Alí aprendió en aquellas tierras yermas el mal vendido como el bien, algo propio de todas las tierras humanas. Le comieron la cabeza y casi todo el corazón. Y, una vez más, le hicieron que se olvidara del Alí niño que se reía jugando con la pelota en el callejón y que se escondía debajo de la cama para jugar a asustarse, para ver si así descubría cómo se pasaba el miedo.

De Alí se aprovecharon y fue, también por estos, engañado. Y también se rieron de él si no decidía ser martir. Un héroe, como le dijo el imán de su barrio, otra mente pervertida por el fracaso y la incultura. Es lo que suelen hacer los que justifican, en todos los lados, la violencia, la crueldad, el daño: usar a los demás para extender la podredumbre y así en la comparación no salir perdiendo.

Y volvió a la Europa libre con una misión, barbudo, vestido de negro por dentro, con un propósito grandioso en la mente pero que, en el fondo, le pellizcaba el corazón.

Y ahora está en el callejón oscuro, dándose cuenta por primera vez de que también ha sido traicionado por los hombres de negro, que le han colocado un monstruo pegado a su tripa para que le reviente cuando grite la consigna, arrastrando con él al máximo numero de infieles, pero ninguno de los viejos ideólogos se inmola, ninguno acuchilla, ninguno conduce aviones ni se arriesga. Las guerras las hacen en los callejones los jóvenes enloquecidos por los viejos pervertidos que vomitan odio sentados cómodamente en su lujoso salón alfombrado.

Ahora se está acordando del anciano maestro sufí que se encontró en el avión de vuelta sentado delante de él con su turbante blanco. El viejo barbudo le escrutó mucho rato y al final le dijo que no se equivocara, que no se cuente cuentos, que la guerra santa es en verdad contra el ego, que la yihad siempre es interna, que el infiel es la forma de referirse a la propia estupidez y que la verdad de todas las tradiciones es buscar el Amor en la Unidad. Todo lo demás es perversión política del espíritu. Pero en ese momento Ali prefirió no escucharlo, no fuera a destruir todo lo importante que se sentía con su nuevo propósito negro y legendario.

Alí duda en el último momento. No se siente ya muy poderoso, ni muy importante, ni muy seguro de lo que se ha convencido dejar hacer. Tampoco está muy claro que con esto devolverá la alegría a sus padres. No se le ha quitado el miedo, ni la angustia del pecho. No se siente fuerte, ni admirado. No se siente perteneciente, ni valiente, ni importante. Tiene miedo y ganas de llorar. Ya no tiene ganas de gritar. Ni siquiera de acercarse a nadie con el que compartir el monstruo para llevárselo con él. Solo tiene 19 años, es un niño dañado, herido en el alma. Así que se ha metido en un callejón solitario para pensárselo.

Debería matar a todos lo que pueda, pero en las calles de al lado hay poca gente y ha jugado él allí de pequeño y no le parece un buen sitio para reventarse. También es mala suerte tener que hacerlo en su propia ciudad. En el parque de enfrente también se lo planteó, pero había un niño jugando con arena que le daba pena, porque tenía sus mismos ojos tristes y mejor que no vea cómo el monstruo le nace tan cerca. En el bar de la esquina casi entra, pero vio que dentro había una chica de su barrio que le gustaba, y allí no le apeteció. Y en el estadio de fútbol, en el fondo, donde los demás, no va hacerlo, porque, aunque no lo reconozca nunca, le hubiera gustado jugar en ese estadio.

Por eso Alí se ha metido en una calle oscura y sin salida, para callar las voces que le dicen que sí y que no, para callar las voces que le dicen que se dé la vuelta y huya y sea feliz las que le dicen sobre su gloria trascendente si se sacrifica. Ahora se siente miserable, quizá luego será grande, a lo mejor después, pero que para eso tiene que desmembrase en trocitos muy diminutos. Ni siquiera tiene ánimos de gritar Alá es grande, total, nadie le oiría en ese callejón vacío. Le gustaría ser como esos que sin miedo se inmolan arrastrando con ellos a todos los posibles, pero Alí fue un niño sensible, y no sabe.

Alí, ya sin saber nada, sintiéndose abandonado por todos, habiendo perdido el propósito de la vida, sin lugar, sin claridad, sin esperanza, sólo, roto, sin ilusión y casi ya sin fe por el sinsentido de su propio acto, mandó al carajo todo y, para liberarse de todo su dolor acumulado de una vez, apretó el botón que esparciría sus vísceras en las paredes de ladrillo del callejón vacío. Quién sabe, a lo mejor todo era una puta mentira.

Y apretando el botón en silencio, con estruendo devastador despertó al monstruo que despierta tus monstruos, para que el odio se difunda por el mundo y tú lo masques y lo escupas y lo extiendas en un ciclo sin fin.

 

Mariano Alameda. 2016

Dedicado a todos los inocentes caídos y a aquellos que los amaron

1 Comment

  • Responder noviembre 19, 2015

    RaúlSj

    Toma ya!! Quien quiera comprender que comprenda. Gracias!!!

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