De la amistad

perrogato

 

 

Decía  Aristóteles que la amistad es una comunidad de virtudes. Durante años no entendí bien esa definición, hasta que empecé a incluir preguntas sobre los grupos de amigos en el test del árbol del Karma. Entonces comprobé que era cierto y lo trascendental que es la pertenencia al grupo para definirnos a nosotros. Los amigos nos delimitan,  nos afinan, nos complementan. Nos unimos con los iguales, pero sobre todo con los que nos unifican.

 

No decidimos a quien amamos. Tampoco a quien odiamos. Una de las grandes confusiones de occidente es sobrevalorar la máxima de “si quieres, puedes”. Creemos que sí, pero no. Las decisiones las toma el inconsciente y luego nosotros tenemos que bregar con ellas. En la sociedad individualista occidental, la apariencia de libertad de decisión nos deja a los pies de los caballos del destino. Las tres religiones monoteístas introdujeron la creencia de la existencia del libre albedrío. Dado que separaron la divinidad de la humanidad, negaron el determinismo del entorno y de la herencia. Con ello surgió el concepto de pecado y, por tanto, la necesidad del castigo. Cuando uno trabaja como terapeuta, o cuando uno comienza la autoexploración, y habla con mucha gente sobre cómo gestionamos la voluntad, empieza a replantearse si en verdad somos dueños de nuestros pensamientos, emociones, deseos y actos. Si la gente pudiera decidir lo que piensa, a quién ama o a quién odia o pudiera elegir lo que desea o lo que le resulta rechazable, no existirían los terapeutas, ni los psicólogos. La gente consulta a un especialista porque sienten cosas que no quieren sentir, o desean cosas inoportunas, o realizan actos que no  les gustan o tienen pensamientos continuos que le gustaría extinguir. Y no pueden. No es una cuestión de voluntad. Si la voluntad fuera tan importante, todo el mundo sería como quiere ser. Las tradiciones orientales no consideran que la voluntad individual sea real. Es solo una apariencia. ¿Entonces, cómo es que elegimos? ¿Qué es lo que nos hace decantarnos por un amor, por una amistad, por un anhelo? Dejémoslo, para occidentales,  en que estamos bajo un régimen de libertad condicionada. Condicionada por la necesidad de completarse.

 

No elegimos a los amigos voluntariamente. Son un intento de completar nuestras carencias. Todo amor por un objeto determinado lo es. Incluso el amor a la Totalidad. La vida es un intento de volver a completarnos, de volver a unirnos con la unidad que se perdió con el nacimiento del ego.

 

A este ego no le hace ninguna gracia la idea de que no tenga el control de sí mismo en la toma de decisiones, y por eso dispone de una enorme cantidad de recursos psíquicos de negación, proyección, represión, transferencia, compensación, sustitución, simbolización o inversión de los propios aspectos rechazados, intentando aparentar existencia y voluntad propia. El objetivo del yo es mantenerse estable, vivo, estando como está amenazado continuamente por su propia imperfección, indeterminación, impermanencia y bajo la certeza de la propia muerte. Sin embargo, el ego cambia, el cuerpo cambia, las emociones cambian, las creencias cambian… ¿Cómo podría entonces el ego mantenerse estable, siendo solo el eje imaginario de un conjunto de agregados psíquicos que mutan continuamente? Esa es la desesperación inconsciente del ego. En el fondo, sabe que no existe, por eso tiene dos luchas: permanecer y, simultáneamente, cambiar, para acercarse al ideal de sí mismo. Por eso busca completarse a través de la pertenencia, del amor y de la identidad de grupo. Por eso los afectos son trascendentales para la felicidad. La tribu nos define el rol, y por tanto, la idea de sí mismo.

 

No estamos completos sin el amor. No estamos felices sin estar completos. Intentamos llegar a completarnos con las piezas del ideal de uno mismo, estando ese ideal en mí o en otros. Uno ama lo que es, pero sobre todo ama lo que le completa. Y lo que me completa es lo que en mí fue negado. Ese ideal de sí mismo no es una decisión propia, es la inversión de lo que no me dejaron ser,  fruto del amaestramiento que la familia, la educación y el sistema cultural han impuesto a los instintos naturales desde el nacimiento. El ideal de sí mismo no es otra cosa  que una compensación a los aspectos que han tenido que ser ocultados en el sótano de la psique para adaptarse a las condiciones por las que el niño va a ser aceptado o querido por la familia, la tribu, la sociedad, los amigos. Si no fuimos escuchados, porque no nos querían si hablábamos más de lo permitido, el ideal será tener voz. Si no fuimos vistos, querremos ser observados. Si no tuvimos poder, creeremos que la felicidad estará cuando seamos poderosos. Ahí es donde se hace importante la amistad: los amigos sí disponen de las cualidades que yo no puedo permitirme sentir o expresar.

 

Los amigos que nuestro corazón decide querer son aquellos que disfrutan y usan los potenciales que en nosotros no pudieron ser expresados y que ya no sabemos desarrollar.  Los amigos son aspectos del yo ideal propio vistos en otros. Así, si yo me siento un poco cobarde, me encantará juntarme con un amigo que sea más valiente. Mi amigo, que no es buen deportista, tiene admiración por mí, que sí lo soy, y me hará querer estar a su lado. Si creo que soy un frívolo, mi amigo el espiritual compensará mis déficits de profundidad. Si no tengo habilidades sociales, seré feliz junto a alguien empático y comunicativo. Si no tengo fuerza, me sentiré seguro al lado de un amigo recio. Si dudo de todo, me alimentaré de mi amigo el decidido. Si unieras las cualidades de cada uno de los miembros de un grupo de amigos, te saldrían el hombre o la mujer perfectos, completos.

 

Pero no solo amamos lo que nos completa. Amamos lo que somos, siempre y cuando fuéramos amados por ello. También nos atraen aquellos que tienen las cualidades propias que amamos en nosotros mismos. Nos es fácil amar a los que disponen de esas características que admiramos en nosotros mismos, nos enseñan a querernos por ellas. El amor, por tanto, están íntimamente relacionado con la admiración, al igual que el aprendizaje. Por eso mis cualidades admiradas, vistas por quien no las disfruta en sí mismo, me harán sentirme observado y halagado por su mirada. Nos gusta la devoción en los otros, pero a la larga nos aburre a no ser que tengamos un complejo de inferioridad disfrazado de narcisismo. La mejor forma de aprender es a través de la fascinación que nos produce el maestro, el profesor, el artista, el progenitor, pues esta atrapa nuestra atención y nos hipnotiza, entrando así la información en nuestro interior. También la amistad se basa en la admiración. Nos hace sentirnos fuertes y estables al pertenecer a una comunidad de virtudes, creencias, estilos y comportamientos compartidos. Es algo básico en los mamíferos. Y nosotros, somos monos listos. Locos, pero listos: la sabiduría y la inteligencia no tienen porqué estar necesariamente unidas. Amamos lo que somos, si estamos sanos. Pero sobre todo amamos lo que no somos y queremos ser.

Hasta aquí todo bien. El problema es que eso que amamos, también lo odiamos si no puede ser nuestro.

Eso por lo que nos enganchamos a un amigo y nos hace querer estar con él, en muchas ocasiones es la misma razón por la que nos desespera su comportamiento. Aguantamos en el otro una dosis baja de lo que en nosotros no nos permitimos a nosotros mismos.  Mientras la dosis sea baja, nos hace gracia, nos fascina, nos atrae, nos excita. El otro se puede permitir lo que yo no. Eso que el otro sí que puede hacer no nos lo permitimos a nosotros mismos porque en su momento la ley paterna o cultural lo prohibió y nosotros incorporamos esa prohibición en nuestro interior como parte definitoria de nuestra identidad y lo escondimos dentro bajo una tonelada de presión psíquica. Y nos identificamos con la idea de no serlo o no tenerlo, pues así es la condición del amor. Y nos amamos como nos amaron. Si expresamos lo prohibido, no nos queremos a nosotros mismos. Si no expresamos lo prohibido, nos hacemos más y más neuróticos cada vez. La amistad nos cura de esa neurosis. Sin embargo, solo funciona en dosis bajas. No soportamos en el otro dosis altas de lo que en nosotros está prohibido. Si el otro se pasa en la expresión de lo que en mí está prohibido, o no creo ser o tener, ya no me hará tanta gracia. Necesitaré reprimirlo en el otro, como fue reprimido en mí. Entonces surgirán otros problemas, empezaré a odiarle y a amar a la vez, pero no me daré cuenta. El odio, el rechazo que nos enseñaron a tener, estará inconsciente, pero permanecerá en los abismos internos esperando su momento: el fin del “nosotros”.

Es el mismo mecanismo por el que el bien ajeno nos puede producir alegría y/o, simultáneamente, envidia. Nos alegramos de que el otro pueda experimentar eso que nosotros no, pero a la vez, nos duele. ¿Qué hace que sintamos alegría por el bien ajeno u odio? La pertenencia. Si estoy identificado con él, si existe un “nosotros” común, entonces su triunfo será mi triunfo y su felicidad mi dicha. Pero si no hay un “nosotros”, si la identidad no se considera perteneciente a un grupo común, entonces su dicha será dolorosa para mí, pues veré la virtud, la cualidad o la fortuna del otro como algo externo a mi identidad, y eso quiere decir que no es “mía” de ninguna manera. Me traerá recuerdos de mis propias carencias y sentiré dolor. La respuesta al dolor puede ser la ira o el pesar, pues son dos caras de la misma moneda. Y surgirá la aversión. Para curar a un triste, hay que hacerle enfadarse. Para curar a un iracundo, hacerle llorar. El bien del otro a veces saca lo peor de mí. Entonces, por feo que resulte pensarlo, no sentiré alegría por su alegría, sino envidia. La envidia es un sentimiento dañino, pues nos hace querer destruir lo que, en el fondo, amamos. Lo queremos destruir para que el brillo o la suerte del otro no nos recuerde el dolor de nuestra propia carencia. La envidia es intentar apagar el brillo del otro para que, en la comparativa, no nos duela nuestra falta de luz. Es un intento de igualarlos a todos por lo bajo. Es querer cortar la cabeza de los altos para que todos seamos bajitos.

 

De la misma manera, si nosotros, al ir madurando, al juntarnos con gente diferente a nosotros para completarnos, nos vamos permitiendo a nosotros mismos el poder incorporar o sentir esas cosas que antes estaban prohibidas, ya no tendremos tanta necesidad de juntarnos con aquellos que nos lo aportaban. La amistad se resquebrajará por falta de anhelo. Dicen que la diferencia entre la amistad y el amor, filia y eros, más allá de la aparente ausencia de erotismo en el primero, sobre todo tiene que ver con la libertad. El amor de pareja, eros,  suele tener un componente de propiedad y de rendimiento de cuentas que la amistad no tiene. El amigo ha de tener la libertad de ser como quiera, de hacer lo que quiera. Es por esto que las circunstancias de la vida, al llevar a los amigos a no pasar tanto tiempo juntos, mantiene los afectos mucho más tiempo que el amor romántico, que requiere de contacto real. Pero si el tiempo es excesivo, aún la amistad se encuentra con un problema: para poder volver a sentir la química original, tienen que continuamente recordar los tiempos pasados. Si no, corremos el riesgo de darnos cuenta de que somos extraños. Si el otro ha cambiado demasiado, me va a obligar a cambiar el concepto de él que tengo en mi interior, y eso es un problema, pues es de esa idea antigua de él de quien nosotros somos amigos. Amamos, en verdad, el concepto del otro dentro de nosotros. Eso que nos despierta. En el fondo, todo amor a otro es siempre amor a lo que el otro produce en uno mismo. Cuando en un sistema uno de los componentes cambia, obliga a cambiar con él a todo el sistema o se verán en la necesidad de excluirlo. Por eso, pese a la libertad otorgada, no queremos que el amigo cambie, no queremos que pierda sus cualidades admiradas. No queremos que incorpore esas que yo tenía y él no. El equilibrio se perdería, las energías intercambiadas se verán afectadas y los afectos se dañarán. El peso de los recuerdos positivos no será suficiente, empezarán a sentirse como extraños, y la relación se tambaleará.

 

Todos conocemos, y dice la tradición oral, que del amor al odio hay un paso. Ese pequeño paso es la idea de pertenencia o no entre los miembros de un grupo a una identidad común. Si hay un “nosotros” que funcione como pegamento, entonces su alegría es mi alegría, pues de algún modo será algo que nos pase a “nosotros”, al ego comunitario, a la identidad de grupo. Pero si el “nosotros” ha sido eliminado, por una separación, una discusión extrema, una distancia, un cambio de personalidad marcada o una decepción, entonces el amor y la alegría por el bien del otro dará paso a la envidia, la rabia, el despecho, la perplejidad de lo desconocido, el dolor o la tristeza. Y el lazo se romperá. Le perdonamos a los otros que se atrevan a ser lo que nosotros no somos o que incorporen a sí mismos lo que antes eran características mías solo  mientras que ambos pertenezcamos al grupo común. Si no hay pertenencia identitaria, entonces el crecimiento del otro es una amenaza oculta para mí, y no podré evitar el que surjan las ganas de evitar su cambio. También en eso se basa el nacionalismo, el gran daño del mundo. Por eso una relación puede ser extraordinariamente positiva y afectuosa mientras que se permanece unido, pero cuando, por cualquier razón, la unión se quiebra, ese afecto puede transformarse repentinamente en el odio más cerval. La independencia unilateral despierta lo malo. En realidad el odio siempre puede que estuviera allí, en cualquiera de los miembros, pero negado,  reprimido, desconocido. Cuando se rompe la unión, y consideramos que no hay modo de recuperarla, entonces del inconsciente brotan los viejos y pacientes demonios. El despecho es el odio por el amor negado, por el amor perdido, por la pérdida de la ilusion esperanzada de estar completo. El otro ha cambiado, ha roto la idea que yo tenía de él, que era, en verdad, lo que yo amaba: su idea dentro de mí. A quién nosotros no amamos, no nos importa que no nos quiera. El despecho surge cuando nos niegan lo que amamos. Y entonces, puede que lo odiemos.

 

Para saber si la relación que tengo con el mundo es sana, no hay más que mirar si me alegro del bien de aquellos que no pertenecen a mi grupo “nosotros”. Es fácil disfrutar de la danza alegre de la tribu en la que yo bailo. Lo diferencial, lo luminoso, es descubrir que puedo alegrarme también de la danza alegre de la tribu a la que no puedo, o no quiero, o no me dejan pertenecer. ¿Puedo permitir a los otros cambiar y seguir amándolos en su proceso más allá de lo que ya no me aportan a mí? ¿Puedo cambiar, sin dolor, el concepto antiguo que tengo de lo que yo creo que el otro tendría que ser? ¿Puedo soltar a quienes ya no quieren estar conmigo? Quizá podamos, pero la necesidad que teníamos del otro caerá, el pasado no será suficiente para mantener la relación, y tendremos que aceptar que los afectos cambiarán. Somos un barco haciendo un crucero que continuamente se despide de los navegantes que un día llevó, que tiene que dar la bienvenida a los nuevos que entran y, también, inexorablemente, muchas veces, a ir cambiando incluso la tripulación permanente que nos acompañaba en el viaje. Nada podrás quedarte en el último desembarco en el que te bajes tú. Pero mientras que la vida nos lleva de la separación a las bienvenidas, disfrutemos del crucero. Solo el amor y el agradecimiento a la totalidad de la existencia pueden compensar las continuas pérdidas que sufriremos en la vida. Solo la unidad con lo absoluto nos cura de la carrera de encuentros y pérdidas que es la vida.

 

Es bueno mantener la esperanza de que mi evolución personal, nunca decidida por el ego, me lleve algún día a ir más allá de valorar a los demás con respecto a lo que me aportan a mí, a lo que necesitan de mí, a lo que confirman o desmienten que yo soy, o a lo que quiero yo de ellos.  La separación no es mala, es ley natural. A veces uno tiene que ejercer también el derecho a la separación. Incluso, por raro que pueda parecer, por el bien del otro. Separarse no es malo. El rencor por la separación, sí. Hemos de aprender a respetar la totalidad de la libertad del otro, y el otro la mía, sin considerar dónde me deja a mí lo que él hizo, hace o hará. Pero sobre todo es trascedental alegrarme de la felicidad de aquellos amigos que lo fueron, de a aquellos que pudieran haberlo sido y no lo fueron y, especialmente, de aquellos que nunca lo serán.

Entonces, el “nosotros”, se habrá extendido a la totalidad y, por tanto, todos serán salvados y nosotros, unificados.

 

 

Mariano Alameda

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