EL FANTASMA

 

 

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Por Mariano Alameda

 

Todo ser vivo anhela la felicidad, que consiste en llegar a ser lo que verdaderamente se es. Sin embargo, el ser humano es diferente del resto de los seres del planeta. Vive en el delirio de creerse quien no es. Y por eso se busca. Excepto el que se engañan, tiene la sensación de no ser completamente feliz, como si se le hubiera perdido algo, como si no encontrara la llave que abre su propia puerta, como si algo propio le estuviera vetado o como si no encontrara el modo de encontrarse definitivamente y reposar pacíficamente activo y  satisfecho en el lugar que le corresponde. Sin saberlo, anhelamos un estado olvidado que fue previamente conocido, como si supieramos que nuestra verdadera casa nos está esperando, pero ya no recordamos cómo se llegaba a ella ni cómo se entraba. De hecho, ya ni siquiera recordamos que la casa existió, solo tenemos una sensación indeterminada de insatisfacción,  pero nos hemos acostumbrado a esa manera incompleta de vivir, e intentamos compensarla y corregirla con propósitos temporales que con el tiempo solo nos incrementan el malestar.

 

Ser es una realidad, – si es que algo es real en lo real-, pero no es real ser alguien determinado. No es real ser alguien estable o permanente. Ninguna de las características con las que adornamos la identidad pueden ser estables. La propia idea de si mismo sólo existe cuando es pensada. Sin la idea de ser alguien determinado y de una manera determinada, uno sigue siendo, pero no siendo alguien o algo específico. Y, sin embargo, nos hemos alejado de la experiencia de vivir para colocarnos en la idea de experimentar. Con la creación imaginaria en la primera infancia de la idea de ser alguien, damos nacimiento a un espectro que requiere de movimiento interno continuo para permanecer, de continuos ajustes y reparaciones que nos hacen sufrir.  Si no tenemos suerte, el fantasma guiará nuestra vida de manera equivocada al estar aterrado por la sospecha profunda de que, en el fondo, no existe. El ego, la idea de uno mismo, sea cual sea esa idea, es el grito desesperado de una entidad condenada a  muerte y cuyo enemigo principal es la certeza de la impermanencia que todo lo modifica y en la que continuamente danza intentando sobrevivir. Danza porque de entrada se sabe muerto. Por eso adquiere la necesidad de renovación móvil de si mismo permanentemente, para que cualquier fórmula que encuentre para explicarse a si mismo, no sea al poco tiempo deglutida por ese cambio perpetuo al que está sometida toda forma. A esas alteraciones en la narrativa del ego, las llamamos crisis, malas rachas, sufrimiento.  No deberiamos estar aconsejados mucho tiempo por un fantasma que es un subproducto del miedo. Imaginad  si es impermanente la materia, como no será de inestable una idea.

 

Esta epidemia está tan extendida que pocos son los seres humanos que acaban por encontrar su verdadera identidad. Es la cultura que hemos creado. La cultura distraída en la que vives es tu sistema operativo. Con esa cultura hemos creado un sistema construido por los fantasmas temerosos que nos gobiernan. Inmersos en el individualismo desorbitado que fundamenta los pilares de nuestra política personal y grupal, llegamos a pensar que la vida es algo así como un banquete en el que nos van a servir los platos que deseemos y que si no sucede, es culpa de los demás o algo que se tiene que arreglar con esfuerzo derrochado o resolviendo un conflicto interno. El egoísmo y su reverso plural y tenebroso, el nacionalismo, pretende comprenderlo todo, planificarlo todo, controlarlo todo, poseerlo todo. Vivimos devorados por la codicia de un fantasma que se dedica a montar fronteras. Ya se encarga la realidad de humildar esa pretensión. Obligatoriamente la vida va aconteciendo desmontando toda idea de si mismo, toda frontera, todo deseo, toda posesión. Por eso son tantos los enfadados al final de sus días, por eso son tantos los rendidos y agotados al final de sus días, por eso son tantos los escondidos al final de sus días. Porque la pretensión de dominio no era más que un delirio narcisista apoyado por un sistema secularizado, amoral y consumista cuyas cucamonas nos tendrán distraidos hasta que sea demasiado tarde.

 

Sin saberlo, pues es acostumbrado, vivimos en una claustrofobia perpetua, una sensación de falta de libertad, de opresión y de continua y sutil angustia generada por los propios límites que nos han enseñando a ponerle a nuestra falsa identidad. Vivimos atrapados dentro de un nosotros mismos imaginario, sin ver a los barrotes que nos detienen, solo sintiendo continuamente la sensación de retención, de bloqueo, de carencia. Y creyendo que eso es lo normal. Al crear los límites de nuestra identidad ficticia hemos creado un fantasma psíquico que cree existir físicamente, residiendo en un cuerpo que considera propio y que sabe que, inevitablemente, está condenado a morir. Irremediablemente, el abismo de lo desconocido nos espera antes o después, sin saber nunca cuándo, sin saber nunca cómo, sin saber nunca dónde, ni porqué ni para qué. Y esa amenaza mortal permanece agazapada en el fondo y en el origen de todos los miedos y de todos los deseos, como si fuera un agujero negro interno que continuamente nos devora de a poquito, sabiendo que podemos pelear en la batalla contra él, pero que siempre acabaremos perdiendo la guerra.

 

Por eso nos sentimos faltos, carentes, incompletos, deficitarios, pero creemos que es lo normal. Toda separación es un delirio y, sin saberlo, con la creación de la identidad que separa lo mío de lo otro, nos hemos creado una frontera peligrosa, desconocida, intangible, oscilante, pero que nos condena a sentirnos continuamente escondidos de nuestra unidad estructural.

 

Por ello, a los que no están del todo dormidos y han tenido la suerte de recibir la llamada, se les despierta una permanente necesidad de buscar el camino del eterno retorno a la unidad.

 

Darnos cuenta de que estamos equivocados puede llegar a conventirse en la mayor alegría de nuestra vida.

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